Por el mañana

Foto de Pixabay en Pexels

El día en que hicimos contacto pasó rápidamente a la historia. Al igual que otras fechas de importancia, como el 25 de agosto del 2012 o el 5 de septiembre de 1977. Desacostumbrados al pensamiento histórico, al devenir de la sociedad y debido al crecimiento de la interrelación con la tecnología de pantalla sin contacto humano, el siglo XXI llegó lentamente a su fin. Los parámetros económicos aún mostraban la cercanía con la debacle definitiva; el sistema político seguía siendo controlado por unos pocos que fingían gobernar en nombre de otros muchos; la cultura se encontraba cuasi finiquitada y los museos se habían convertido, junto con las bibliotecas, los archivos y cualquier rémora anterior al advenimiento de los chips subcutáneos de transferencia de datos en tiempo real, en meros receptáculos de polvo o en el destino de funcionarios políticos de segunda línea (cuando no de tercera), sin formación alguna para ocupar dicho puesto.


Quien conozca la conformación de los estados nacionales, previos a los estados continentales, sabrá que durante el siglo XX sucedía exactamente lo mismo.

Cuando la sonda de espacio profundo Voyager-1 atravesó finalmente la heliopausa la humanidad en su conjunto se desentendió de ella. La falta de presupuesto, además de un verdadero interés en lo que pudiera encontrar, llevó a que nadie analizara en tiempo real la recepción de las señales de esta sonda, ni las de su compañera, la Voyager-2. La única persona asignada para ello llevaba varios años de atraso en la comprobación de los datos.


En algún momento de la década de 2070 las señalas de la Voyager original comenzaron a llegar acompañadas por otra serie de señales que provenían en la misma dirección desde algún lugar de la galaxia. Eran saludos y comentarios que respondían a los contenidos de los discos de oro incluido en las sondas y, también, una invitación a llevar adelante algo que carecía de traducción exacta en cualquier lenguaje humano. Una invitación a un torneo, a una competencia, pero que también podría entenderse como un enfrentamiento, un reto, una pugna en torno a la supervivencia de la humanidad, en el caso de que esta perdiera, o de los extraterrestres que enviaban tan extrañas señales que se enfrentarían a nosotros. Las dificultades estribaban en que los lingüistas no se ponían de acuerdo en el sentido exacto del contenido de la a invitación; tampoco los sociólogos, pero como nadie se había molestado en preguntarles, sus debates bizantinos que no resultaban de interés, comenzaron y se acabaron sin generar impacto alguno en la sociedad.

Treinta años después de que comenzaran los primeros mensajes, cuando se logró descifrarlos, comenzó la completa militarización de la sociedad. Se cerraron las pocas universidades que permanecían funcionando (en algunos casos sin que nadie comprendiera cómo lo hacían), se dejaron de lado los planes sociales de mejoramiento de las viviendas, la salud, el arte y el trabajo, y el presupuesto mundial se derivó a la producción de alimentos racionalizados según la estrategia de guerra permanente, y la construcción de armas que pudieran ser lanzadas al espacio.

A mediados del siglo siguiente, dos generaciones completas habían nacido y sido criadas, en el contexto de una guerra inminente que se dilataba más y más junto con las discusiones de los diferentes lingüistas que aún perduraban en su intento por descifrar los mensajes. Eran los únicos científicos, junto con los matemáticos necesarios para el desarrollo de los proyectiles balísticos interplanetarios, que continuaban recibiendo subvenciones estatales para sus investigaciones.


Entonces surgieron las primeras naves en el límite de la heliósfera, lo que permitió que las comunicaciones fueran más fluidas, pero no por ello menos equívocas.

Los extraterrestres no hablaban nuestro idioma, nosotros no hablábamos el suyo; incluso la base del lenguaje de sus computadoras era diferente al nuestro, ya que no se basaba en el lenguaje binario sino en el trinario. Ellos hacían señas, nosotros entendíamos sonidos.
Y, también, viceversa.

Continuaron acercándose a una velocidad que se acercaba a la máxima lograda por cualquier objeto construido por el hombre disculpándose por utilizar una velocidad tan baja ya que no pretendían causar alteración alguna en el campo magnético de los planetas exteriores, ni en nuestra estrella. Dimos a entender que comprendíamos sus razones, pero nadie supo jamás de qué hablaban.

Tomaron posesión de Marte con sus naves nodrizas. Allí pudimos verlos por primera vez; eran pequeños seres verdes y de aspecto humanoide que esperábamos ver; aunque no por ello respondían al estereotipo de los alienígenas invasores. Al menos no en un primer momento. Claro que nos sorprendió que confirmaran la construcción estética que se hiciera en los documentos audiovisuales de la segunda mitad del siglo XX sobre este tipo de seres. Pero hubo poco tiempo para nuevas discusiones.

Desde Marte continuaron viaje hasta la Luna en naves más pequeñas y veloces, similares a un avión monoplaza, en las que varios de esos seres entraban cómodamente. Aguardaron allí varios días sin hacer otra cosa más que esperar una respuesta a su desafío por parte de la humanidad. Desafío cuyas reglas ni siquiera habían sido consideradas ya que desde un primer momento se asoció la idea de desafío a la guerra.

Al ver que nadie respondía volvieron a lanzar su desafío a la humanidad entera. No utilizaron una única línea de comunicación sino que, ante el primitivismo de los sistemas de encriptación de datos humanos, cada persona tuvo acceso directo a lo que pretendían los extraterrestres en su dispositivo más cercano. Algo que, a decir verdad, y luego de tantos años de preparación, resultaba, como mínimo, un anticlímax.

No buscaban una guerra, no querían una batalla, no les interesaba un combate, no pretendían un enfrentamiento entre especies diferentes. Ni ninguna otra cosa similar para evitar continuar acumulando sinónimos.

Querían algo un poco, digamos, diferente. Algo que se podría haber comprendido con mayor facilidad de haberse recordado el contenido de los discos dorados de las Voyager.

Los visitantes no medían la inteligencia de los pueblos con los que entraban en contacto por su capacidad beligerante, sino por sus creaciones artísticas, intelectuales e intelectualmente artísticas, cuando no artísticamente intelectuales. La capacidad de destrucción de una especie determinada los tenía sin cuidado, ya que fácilmente podían superarla; era la capacidad creadora la que entendían que determinaba el valor real de una especie. Y, por lo tanto, su capacidad de supervivencia.

Le permitían continuar adelante a aquella especie que demostrara poseer aún la más mínima capacidad artística, más allá de sus capacidades científicas para la construcción de una sonda de espacio profundo utilizando su propia inteligencia. Por otro lado, aquellas especies que lograban escapar del encierro de su propio planeta dedicándose meramente a la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, la extracción sin más de recursos, o el simple impulso de la guerra, eran borradas, de manera inmediata, de cualquier plano de la existencia.

Contaban con las herramientas necesarias para cumplir con su palabra; cierto que no las mostraban, tampoco resultaba necesario. Se las intuía en la forma en la que se manejaban tan libremente frente a la intranquilidad del humano seleccionado aleatoriamente como único representante de la humanidad para llevar adelante el desafío, en la Luna, y transmitido tanto a la Tierra como al mundo de origen de los recién llegados. Aquel soldado humano, entrenado desde su nacimiento para la guerra, la muerte y la destrucción, temblaba cada vez que apoyaba, sin destreza alguna para manipular algo tan diferente a un arma, el pincel sobre el lienzo, que temblaba sobre su caballete con peligro de caerse en la falsa gravedad artificial, que los extraterrestres habían elegido como campo de batalla.


por: José A. García

José A. García. Buenos Aires, Argentina (1983).
Escritor, guionista de historietas, blogger y profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México y Venezuela; con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos.

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