OJOS DE MUERTE

Ojos by Ramiro Fernandez Stahlschmid on Flickr

Tensan los Ángeles, en el cielo el arco de la vida que
dispara contra el vacío terso que frecuenta a la sombra del
mal y todos sus espejos.

Su cristalizado iris extiende impalpable la luz,
noble el arco desprende su enmohecido dardo de nubes
que como gota cae y deshiela una hipócrita mirada.

El tedio embrolla con su nítida negrura
las redes que filtran dioses cuando enmudece la fe
y atosiga el alma que escupe presurosamente sus rezos.
Me hiere el suspiro, me disuelve el beso,
me ciega el verdor por el que andan disimuladas
las sombras cosidas con la aguja de la ternura y el hilo de
la sangre.

Explotan en todos los ojos el consuelo que no busco,
enredado el hilo del tiempo las acalla y duerme, para
sentir menos, tan distintos nos hemos visto nunca, hojas
repetidas pendiendo cerca de la lumbre.

Como si todos los rescoldos fuéramos después,
Quemados por alguna queja y olvidados por la extrema
cercanía, acariciando odios y temores entre chispas que nos
enciendan solo para quemar.

Al igual que el calor suple el poco sentimiento entre los
comunes huestes del invierno, basta ver una sombra para
sentir compañía así sea tan solo una piedra.

Tan pronto como huye la mirada al cielo infierno
aprietan el cuerpo y zarandean la conciencia; te hunden,
rezongando arrastran el ancla de la razón y el acervo.

Sus ojos grises apartan las luces
mientras el arco tensa su cuerda en la nimia premura
de ser menos muerto,
sobre la fangosa esperanza
que el invierno aprisiona,
como aprisiona en el cuerpo al alma largo tiempo ida de los
afanes de humanidad.

En su iris vidrioso,
también yo casi muerto, rescato ciertas luces que me ayuden
a no obviar las buenas intenciones, algún escudo contra las
enrevesadas balas que profiere a destiempo algún ángel
aterido.
Porque los ojos que nos ven
juegan un instante en el incalculable frio de no sentirse
elegidos.
Aunque la muerte apunte sin palabra menos
comedida que el mudo insulto, aquel insulto que vuela
a los pájaros de los ojos y le rompe los cabos al alma
y que reza en mayúsculas: ¡tú no ¡

por: JOSé ENRIQUE RAMOS DE LA CRUZ

JOSE ENRIQUE RAMOS DE LA CRUZ. Huancayo, Perú. 1996

La historia de Felicita

Tomada de Pixels.com


Era el mes de octubre y por aquellos días no circundaba noticia alguna en el pueblo de cuanto ocurría en el mundo. Pocos eran los viajeros que llegaban por esos dulces caminos, hipnotizados para siempre, en una tierra aromada de pan en todos los amaneceres. Las escasas luces, hacían que el pueblo desapareciera por la noche entre el follaje de los árboles y los caminos hechos de tierra.

Vagaban algunas nubes. Fue por esos días cuando Felicita apareció una tarde, justo en el instante en que la lluvia azotaba la tierra, y con ella llegó ese aroma que se desprende de las grietas y de los otoñales árboles mojados. El viento iba y venía solitario agitando los maizales, y el monte era un remanso de colores violáceos.

Felicita sorprendió a todos con su llegada. En los suaves caminos de tierra lo primero que notaron los pobladores fueron sus pies desnudos. Se oyó decir al sabio del pueblo que andar descalzo sobre la tierra era la mejor forma de percibir el alma de los lugares.

Las trenzas de los cabellos de Felicita eran gruesas y de color azabache, y ondeaban más abajo de sus hombros. Era de tez morena y usaba una blusa de manta que contenía sus minúsculos senos. Tenía esos extraños ojos profundos y anaranjados, y eran como faros encendiéndose despacio. Sus labios, al hablar, mostraban una dentadura blanca igual que el tallo de los ciricotes.

Como es natural, las mujeres del pueblo, supersticiosas, la miraron con desagrado y con recelo. La verdad es que Felicita, aunque nadie supo de dónde vino y hasta algunos argumentaron que era la viva reencarnación de Ixchel, era una joven dotada de una hermosura superior. Solo los locos ignorarían ese lenguaje mundano que transige la belleza.

En el pueblo las mujeres estaban acostumbradas a quedarse en casa haciendo las labores domésticas. Los hombres las dejaban al cuidado de sus hijos y, ellos, hombres de campo, se dedicaban con esmero a la siembra y cosecha del maíz, el frijol y la calabaza. Gran parte del día permanecían en sus milpas entregados a los claroscuros del monte.

A Felicita no se le conocía labor ni familia alguna; pero todos los días se le veía en el mercado del pueblo adquiriendo frutas, pan y verduras. Aunque era bella y sonreía, muchos hombres sufrieron su desprecio. Una tarde, por ejemplo, Feliciano, un joven herrero, decidió ir hasta la puerta de su casa a llevarle flores de cundiamor, y le cantó con tanto agrado las mejores canciones, pero nada de ello suavizó el pecho de Felicita.

Pasado algún tiempo, como es costumbre, corrieron rumores y habladurías que se esparcieron como hojas en el aire.

—Sus manos tienen la textura de las flores del flamboyán —decían los hombres despechados que aseguraban haber tenido una aventura con ella.

Nadie sabe qué de cierto tienen esas historias y, aunque no se le conoció hombre alguno, nadie está preparado para los amores imprevistos. El amor es como un reloj de medidas y formas imprevisibles y, aunque el tema del amor es vasto, la mayoría de los amores son historias que ocurren por casos fortuitos de la casualidad, algo más o menos accidentado.

De modo que, como el agua que da vueltas y vueltas alrededor de las piedras buscando un orificio para meterse, así el amor encontró un hueco en el corazón de Felicita. Se enamoró perdidamente de un joven del campo y no hubo días más felices que esos para ella. Los que presenciaron el hecho cuentan que Felicita contrajo matrimonio con el joven en la pequeña capilla del pueblo.

La historia que marcó el encuentro entre Felicita y el joven, ocurrió durante la celebración de las festividades religiosas, en el camino de las cuatro cruces. Ahí Felicita lo vio venir por primera vez como un pájaro con el vuelo sostenido, percibiendo en él una atmósfera magnética y elocuente, con su camisa arremangada, revelando en sus ojos desordenadas manifestaciones de alegría. Así, como dos aguas que se juntan en un mismo río, también ellos se encontraron y se vieron. Al siguiente día ocurrió la magia.

Felicita gozaba de todas las cualidades que llegan con la juventud. La juventud es la edad más plena. Vivía embelesada. Pero así como la puesta memorable de los atardeceres es ilimitadamente efímera, así la dicha se le fue en una exhalación. Felicita enviudó a los pocos días y, de esa mujer hermosa y radiante, solo empezaron a quedar notables síntomas de amargura. Esa fue la primera vez en el pueblo que se le vio llorar con tanta sinceridad.

Para ella, como para muchos otros, el amor y la muerte se constituyeron, aunque sabemos que, desde la era del mito, los hombres han amado y muerto, pese a que la forma de amar y morir vaya cambiando.

Felicita solía ir todas las tardes al camino de las cuatro cruces a llorar desconsoladamente. Pronto la tomaron por loca. Cuentan que, a las pocas semanas de haber enviudado, la encontraron hablando sola por las calles y a su paso esparcía líneas de cal por los caminos. Contaron que, al hacer eso, miraba hacia el monte diciendo que marcaba los caminos por donde el difunto joven regresaría a buscarla.

Algunas noches, que por lo regular se tornaban demasiado oscuras, se le vio recorrer las calles del pueblo acompañada de una jauría de perros flacos y viejos. A veces, se le miraba desde muy temprano sentada en alguna banca de los parques, contemplando el amanecer que se abría con el aullido de los trenes que llegaban de las más prontas ciudades.

Hubo mañanas en que todos los caminos del pueblo amanecieron con grandes y largos tramos pintados de cal. Los campesinos cuentan que Felicita concurría las milpas y que en la tierra enterraba misteriosos objetos.

Los hechos que confirmaron su locura, según la partera del pueblo, fue que en una tarde gris en que llovía a aborrascadas, se le vio por los caminos de cal, desnuda, con los brazos extendidos, mirando en la profundidad del monte. Las mujeres del pueblo, asustadas, organizaron entonces una represión contra Felicita, porque argumentaban que despertaba los instintos más viles de sus hombres. Decidieron entregarla a la comisaría y, a partir de aquel momento, Felicita quedó bajo custodia.

Para humillarla, un día la expusieron a los pobladores frente a todos acusándola de impúdica y libidinosa. Pero aun en la desgracia, su rostro ofrecía sus facciones bastante bellas que sobresalía entre las mujeres.

El guardia de la comisaría contó que Felicita, decía que, por esos caminos de cal, su esposo la visitaba en los tiempos de lluvia para hacerle arrebatadamente el amor. Él sólo reía.

—Le tenía yo compasión —argumentaba.

Pero en un tiempo contó que, por esa época, desde los caminos que conducían a la comisaría, extrañamente aparecían huellas impregnadas en la tierra que venían desde fuera hasta la celda de Felicita.

Con el paso de los años la olvidaron y el pueblo parecía amanecer como antes. Era un horizonte que parpadeaba, que despertaba apenas con rumores. Los transeúntes iban y venían de sus milpas aromados del monte y de la tierra.

Pero pronto los atardeceres se tornaron inauditos…

Era una fría tarde de octubre. Los campos estaban llenos de cempasúchil. La gente regresaba a sus casas después de sus labores cotidianas. Llovía a aborrascadas como nunca antes se sintió llover en el pueblo. El viento era demasiado fuerte que las hojas de los árboles viajaban violentamente por el suelo y el aire. Olía a tierra húmeda. Los perros aullaban y ladraban como vaticinando algo que se aproximaba.

En esa temporada del año las cosas se tornaban más tristes y las casas parecían tener esos oblicuos tonos grisáceos. Las personas, inquietas por el temporal y el escándalo de los perros, salieron a las calles que eran un revoltijo de ramas caídas y regadas. El aire violentaba las calles, movía con vehemencia los arbustos, agasajaba cuanto encontraba a su paso.

Las flores como los muertos reviven en las épocas de lluvia. Al menos eso es lo que dicen. Cesó la tormenta, pero esa misma tarde una densa neblina empezó a cubrir al pueblo. Sobre la comisaría donde yacía encerrada Felicita se miraba a centenares de pájaros revoloteando. Olía a incienso.

De pronto pegó un fuerte rayo que sacudió a todos, pero nadie esperó tal metamorfosis. De la comisaría se vio salir una anciana encorvada y débil que se dirigió por donde antes Felicita, en su juventud, trazó caminos de cal. Entre unos arbustos que colindaban por los senderos que llevaban al monte, se vio un hombre joven que la esperaba. La neblina los cubrió por completo y la lluvia martilleó con más fuerza. Al amanecer, nada se supo de Felicita, pero en el pueblo se percibía un olor inmaculado, y el viento se aporreaba en lo alto de los árboles desvaneciéndose, desvaneciéndose como si se quejara de algo.

por: Roger Israel Ancona Ortega.

Roger Israel Ancona Ortega (Campeche, México. 1989) es narrador y poeta autodidacta. Estudió Literatura por la Universidad Autónoma de Campeche. Sus colaboraciones han sido publicadas en el suplemento dominical Pleamar, del diario Crónica de Campeche y en la revista literaria Bitácora de vuelos (Torreón, México). En 2015, recibió la beca INTERFAZ en la ciudad de Mérida.

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El Cardenal

Foto de Erik Mclean en Pexels

Sobre cómo me anestesio de ti.

No hay receta o pócima
para arrancar de mis membranas
tu nombre.
Es contra corriente vomitar
tus besos
y
de muy mal gusto
luchar contra el tiempo.
Fumo y bebo
es todo lo que soy.
Lo que espero
es que un buen día
ya no estés en mis recuerdos
y que yo
siga en todos tus pretextos
en tus membranas reproduciendo
a todas horas la palabra
te quiero.


por: JESÚS MANUEL CRESPO

Jesús Manuel Crespo Escalante. Yucatan, México (1984).
Estudió en la escuela de escritores de Mérida. Ha publicado en revistas electrónicas como Delatripa, Sinfín, Monolito, Tierra de letras y Pluma y tintero. También está incluido en el libro poetas de Yucatán 1970, 80´s y 90´s del escritor Adán Echeverria.

Por el mañana

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El día en que hicimos contacto pasó rápidamente a la historia. Al igual que otras fechas de importancia, como el 25 de agosto del 2012 o el 5 de septiembre de 1977. Desacostumbrados al pensamiento histórico, al devenir de la sociedad y debido al crecimiento de la interrelación con la tecnología de pantalla sin contacto humano, el siglo XXI llegó lentamente a su fin. Los parámetros económicos aún mostraban la cercanía con la debacle definitiva; el sistema político seguía siendo controlado por unos pocos que fingían gobernar en nombre de otros muchos; la cultura se encontraba cuasi finiquitada y los museos se habían convertido, junto con las bibliotecas, los archivos y cualquier rémora anterior al advenimiento de los chips subcutáneos de transferencia de datos en tiempo real, en meros receptáculos de polvo o en el destino de funcionarios políticos de segunda línea (cuando no de tercera), sin formación alguna para ocupar dicho puesto.


Quien conozca la conformación de los estados nacionales, previos a los estados continentales, sabrá que durante el siglo XX sucedía exactamente lo mismo.

Cuando la sonda de espacio profundo Voyager-1 atravesó finalmente la heliopausa la humanidad en su conjunto se desentendió de ella. La falta de presupuesto, además de un verdadero interés en lo que pudiera encontrar, llevó a que nadie analizara en tiempo real la recepción de las señales de esta sonda, ni las de su compañera, la Voyager-2. La única persona asignada para ello llevaba varios años de atraso en la comprobación de los datos.


En algún momento de la década de 2070 las señalas de la Voyager original comenzaron a llegar acompañadas por otra serie de señales que provenían en la misma dirección desde algún lugar de la galaxia. Eran saludos y comentarios que respondían a los contenidos de los discos de oro incluido en las sondas y, también, una invitación a llevar adelante algo que carecía de traducción exacta en cualquier lenguaje humano. Una invitación a un torneo, a una competencia, pero que también podría entenderse como un enfrentamiento, un reto, una pugna en torno a la supervivencia de la humanidad, en el caso de que esta perdiera, o de los extraterrestres que enviaban tan extrañas señales que se enfrentarían a nosotros. Las dificultades estribaban en que los lingüistas no se ponían de acuerdo en el sentido exacto del contenido de la a invitación; tampoco los sociólogos, pero como nadie se había molestado en preguntarles, sus debates bizantinos que no resultaban de interés, comenzaron y se acabaron sin generar impacto alguno en la sociedad.

Treinta años después de que comenzaran los primeros mensajes, cuando se logró descifrarlos, comenzó la completa militarización de la sociedad. Se cerraron las pocas universidades que permanecían funcionando (en algunos casos sin que nadie comprendiera cómo lo hacían), se dejaron de lado los planes sociales de mejoramiento de las viviendas, la salud, el arte y el trabajo, y el presupuesto mundial se derivó a la producción de alimentos racionalizados según la estrategia de guerra permanente, y la construcción de armas que pudieran ser lanzadas al espacio.

A mediados del siglo siguiente, dos generaciones completas habían nacido y sido criadas, en el contexto de una guerra inminente que se dilataba más y más junto con las discusiones de los diferentes lingüistas que aún perduraban en su intento por descifrar los mensajes. Eran los únicos científicos, junto con los matemáticos necesarios para el desarrollo de los proyectiles balísticos interplanetarios, que continuaban recibiendo subvenciones estatales para sus investigaciones.


Entonces surgieron las primeras naves en el límite de la heliósfera, lo que permitió que las comunicaciones fueran más fluidas, pero no por ello menos equívocas.

Los extraterrestres no hablaban nuestro idioma, nosotros no hablábamos el suyo; incluso la base del lenguaje de sus computadoras era diferente al nuestro, ya que no se basaba en el lenguaje binario sino en el trinario. Ellos hacían señas, nosotros entendíamos sonidos.
Y, también, viceversa.

Continuaron acercándose a una velocidad que se acercaba a la máxima lograda por cualquier objeto construido por el hombre disculpándose por utilizar una velocidad tan baja ya que no pretendían causar alteración alguna en el campo magnético de los planetas exteriores, ni en nuestra estrella. Dimos a entender que comprendíamos sus razones, pero nadie supo jamás de qué hablaban.

Tomaron posesión de Marte con sus naves nodrizas. Allí pudimos verlos por primera vez; eran pequeños seres verdes y de aspecto humanoide que esperábamos ver; aunque no por ello respondían al estereotipo de los alienígenas invasores. Al menos no en un primer momento. Claro que nos sorprendió que confirmaran la construcción estética que se hiciera en los documentos audiovisuales de la segunda mitad del siglo XX sobre este tipo de seres. Pero hubo poco tiempo para nuevas discusiones.

Desde Marte continuaron viaje hasta la Luna en naves más pequeñas y veloces, similares a un avión monoplaza, en las que varios de esos seres entraban cómodamente. Aguardaron allí varios días sin hacer otra cosa más que esperar una respuesta a su desafío por parte de la humanidad. Desafío cuyas reglas ni siquiera habían sido consideradas ya que desde un primer momento se asoció la idea de desafío a la guerra.

Al ver que nadie respondía volvieron a lanzar su desafío a la humanidad entera. No utilizaron una única línea de comunicación sino que, ante el primitivismo de los sistemas de encriptación de datos humanos, cada persona tuvo acceso directo a lo que pretendían los extraterrestres en su dispositivo más cercano. Algo que, a decir verdad, y luego de tantos años de preparación, resultaba, como mínimo, un anticlímax.

No buscaban una guerra, no querían una batalla, no les interesaba un combate, no pretendían un enfrentamiento entre especies diferentes. Ni ninguna otra cosa similar para evitar continuar acumulando sinónimos.

Querían algo un poco, digamos, diferente. Algo que se podría haber comprendido con mayor facilidad de haberse recordado el contenido de los discos dorados de las Voyager.

Los visitantes no medían la inteligencia de los pueblos con los que entraban en contacto por su capacidad beligerante, sino por sus creaciones artísticas, intelectuales e intelectualmente artísticas, cuando no artísticamente intelectuales. La capacidad de destrucción de una especie determinada los tenía sin cuidado, ya que fácilmente podían superarla; era la capacidad creadora la que entendían que determinaba el valor real de una especie. Y, por lo tanto, su capacidad de supervivencia.

Le permitían continuar adelante a aquella especie que demostrara poseer aún la más mínima capacidad artística, más allá de sus capacidades científicas para la construcción de una sonda de espacio profundo utilizando su propia inteligencia. Por otro lado, aquellas especies que lograban escapar del encierro de su propio planeta dedicándose meramente a la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, la extracción sin más de recursos, o el simple impulso de la guerra, eran borradas, de manera inmediata, de cualquier plano de la existencia.

Contaban con las herramientas necesarias para cumplir con su palabra; cierto que no las mostraban, tampoco resultaba necesario. Se las intuía en la forma en la que se manejaban tan libremente frente a la intranquilidad del humano seleccionado aleatoriamente como único representante de la humanidad para llevar adelante el desafío, en la Luna, y transmitido tanto a la Tierra como al mundo de origen de los recién llegados. Aquel soldado humano, entrenado desde su nacimiento para la guerra, la muerte y la destrucción, temblaba cada vez que apoyaba, sin destreza alguna para manipular algo tan diferente a un arma, el pincel sobre el lienzo, que temblaba sobre su caballete con peligro de caerse en la falsa gravedad artificial, que los extraterrestres habían elegido como campo de batalla.


por: José A. García

José A. García. Buenos Aires, Argentina (1983).
Escritor, guionista de historietas, blogger y profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México y Venezuela; con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos.

Crónicas del encierro 2

Blancanieves de Jazmín Varela. Tomada de Flickr

Cuando el rey decretó el aislamiento social preventivo y obligatorio, todo el cuento se
detuvo. Habían pasado muchos años desde que el cazador la abandonara en el bosque, y ella encontrase la pequeña casa del claro.

—Si cocinas, haces las camas, lavas y mantienes todo limpio y ordenado, entonces
puedes quedarte con nosotros —le habían dicho sus habitantes.

Antes, ellos se iban a trabajar en la mina de la montaña; y ella hacía las tareas, si no con felicidad, al menos con eficiencia; pero ahora, la mina estaba cerrada y ellos se
quedaban en casa.

Por una parte, ella estaba custodiada; y aunque la reina violase la prohibición de circular —que para eso era reina, convengamos—, no podría ni acercarse a la casita del bosque; pero, por otra parte, imaginen ustedes: ocho personas confinadas en ochenta metros cuadrados. Ella, la única mujer. No. Imaginan mal. No es esa clase de cuento. Sitúense en aquella época, con el patriarcado a la máxima expresión: medias, camisas, pantalones y calzoncillos tirados por cualquier parte; platos, cubiertos y muchos, muchos vasos de cerveza en la mesa, la cocina, el hogar de leña; botellas caídas y su contenido volcado en piso, manteles y hasta cortinas; ronquidos exasperantes hasta el mediodía; sin momentos para ella, y apenas la posibilidad de higienizarse una vez a la semana, siempre que el fuentón no estuviese ocupado y ninguno de los siete mirando. Demasiado para cocinar, mucho para lavar, montañas de ropa para coser, y la imposibilidad de mantener el orden y la limpieza. Un cansancio extremo y continuo hizo que envejeciera años en apenas dos meses.

Cierta mañana, en palacio, la reina hizo la consabida pregunta al espejo, y éste le respondió como antes, como en el pasado:

—Tú, mi reina.
Todo había vuelto a la normalidad.

por: daniel frini

Daniel Frini. Córdoba, Argentina (1963)
Es Ingeniero Mecánico Electricista por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Escribe en varios blogs literarios y ha participado en antologías de varios países como México, España, Colombia. Su más reciente libro publicado es La vida sexual de las arañas pollito (2019), Color Ciego Ediciones; San Luis, Argentina. Es escritor y artista visual.

En la pesadilla

Photo by Elina Krima on Pexels.com

La gente se confunde;

sus ojos se rayan, la demencia

los extravía en la borrasca,

el desaliento los envuelve.

Ellos van repletos de desidia;

sus soles se quiebran, la cólera

los empuja hacia el descontrol,

el vicio los comprime.

La muchedumbre se asfixia;

sus venas se dañan, la oquedad

los absorbe en la quietud,

el desespero los enfría.

Desunidos andan sin naturalidad; 

sus halos se estallan, la apatía

los deja en la amargura,

el fracaso los consume. 

por: rusvelt nivia castellanos

Rusvelt Nivia Castellanos. Ibagué-Tolima, Colombia (1986).
Comunicador social y periodista por la Universidad del Tolima. 
Participa en el taller de cuento; Hugo Ruiz Rojas, Universidad del Tolima.

Solo una vez

Tomada de flickr. Prisionero, benitez79

El policía Carlos Herrera siempre fue muy diferente a la gran mayoría de las personas. Desde el instante en que comenzó a tener uso de razón supo del increíble y mágico don con el que había sido bendecido, como si alguien se lo hubiese susurrado al oído, con lujo de detalles.

Decidió no confiarlo a nadie y siempre se abstuvo de hacer uso de esta habilidad, pues sabía que únicamente podría usarla una vez en toda su vida.

Encerrado en su celda, lugar donde cumpliría una condena cuya cantidad de tiempo ya había olvidado, no podía más que repetirse a si mismo que había desperdiciado por completo el don que siempre lo había tenido tan orgulloso.

Ahí sentado con lágrimas en los ojos, podía pensar en todas las ocasiones en las que debió haber usado su poder y en las tantas otras en las que en su momento optó por no usarlo.

Recordaba una y otra vez aquella fatídica noche. La noche en la que, vigilando su sector con su uniforme puesto, y pensando en su creciente deseo de volver a casa junto a su esposo y a su hija, se encontró con esa escena, en ese callejón oscuro al que dirigió su mirada accidentalmente.

La mujer era incapaz de gritar, pues uno de los asaltantes armados le cubría fuertemente la boca con su mano libre; mientras que el otro, al acábar de arrebatarle todo lo que ésta poseía de valor, comenzó a desprender los botones de la camisa de su víctima de un modo violento.

Levantando su arma reglamentaria, Carlos les ordenó detenerse y bajar las armas, considerando innecesario abrir fuego en ese momento. No obstante, los victimarios no fueron de ese parecer, ya que no dudaron ni un segundo en usar sus pistolas contra sus dos blancos humanos, antes de huir del lugar a toda velocidad, sin darles oportunidad de reaccionar a ninguno de los dos.

—Llegó… el momento de… hacerlo —pensó decidido, al verse herido en el hombro, al igual que la desconocida mujer y recordando a su familia que lo estaba esperando decidió que no moriría aún.

Las vidas de los dos parecían tener los segundos contados; por lo tanto, un instante después de aquellas últimas palabras, ocurrió lo que él estaba esperando.

El tiempo mismo comenzó a correr en reversa a una velocidad impresionante. En dos parpadeos se encontraba nuevamente presenciando el crimen, a metros de distancia de los protagonistas; sin embargo, él ya no era el mismo de antes.

Sin pérdida de tiempo intervino disparando dos de sus proyectiles a las piernas de uno y del otro, evitando que pudieran dañar a la dama.

Fue corto el tiempo en que creyó haber reservado y usado sabiamente su don inexplicable; como también fue corta su sensación de triunfo.

Encerrado, condenado a años de prisión, separado de su querido Esteban y de su pequeña y amada Diana, no lamentaba haber ayudado a esa muchacha, ni haber asistido a los dos asaltantes con el fin de evitarles la muerte. Lo que lamentaba era no haber hecho uso de su poder en una mejor circunstancia de su vida. Tal vez no habría acabado todo así.

Aunque quería odiar a la víctima de aquel acto criminal, por haber testificado en su contra (acusándolo de negligente en el uso del arma, y negando todo el peligro que, según él, ella corría), no podía hacerlo; entendía que actuó así por miedo a represalias por parte de sus agresores. A quienes no podía evitar detestar era a los familiares y amigos de uno de ellos, muerto poco después del suceso, en el hospital. Por culpa de éstos, que declararon en todas partes lo “buen pibe” que era el hombre, y que exigieron “justicia”  contra Carlos, él estaba donde estaba. 

A pesar de lo mucho que le doliera, debía resignarse a su situación y aceptar que, para la gente, eso era la justicia.


por: Eduardo Barragán Ardissino.

Eduardo Barragán Ardissino, nacido en Mar del Plata, Argentina, el 3 de marzo del 1988. Actualmente cursa un profesorado en lengua y literatura. Tiene cuatro textos disponibles para descargar en la app Pathbooks: Una detective desconocida, La puerta, El juego del puente y Los cíclopes araña invasores.

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Traducción: Estanquillo

Título: Estanquillo

Autor: Álvaro de Campos (Fernando Pessoa).

Traducción: Alejandro Espinosa

No soy nadie.
Nunca seré nadie.
No puedo querer ser nadie.
Aparte de eso tengo todos los sueños del mundo.


Ventanas de mi cuarto
De uno de los millones de cuartos que hay en el mundo y que nadie

sabe de quién es
(y si supiesen de quién es, ¿qué sabrían realmente?),
Dan al misterio de una calle atravesada constantemente

por la gente.
A una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, tangible, desconocida

y cierta,

Con el misterio de las cosas debajo de las piedras y

los seres,

Con la muerte poniendo de humedad las paredes y en los hombres

cabellos blancos
Con el destino conductor del todo por la carretera

de la nada.

Hoy estoy derrotado, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si ya me fuera a morir,
Y no tuviera más hermandad con las cosas
Sino una despedida, transformando se esta casa y este lado de la

calle

En la fila de los vagones de un subterráneo, y un largo pitido

desde dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un astillero de huesos

en la ida.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y creyó y olvido.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo

Al estanquillo del otro lado de la calle, como cosa real por

fuera,
Y a la sensación de que todo es un sueño como cosa real por

dentro.

Falible en todo.
Como no hice ningún propósito, quizá todo fuera nada.
De las lecciones que me dieron,
Escape por la ventana trasera de la casa.
Fui hasta el campo con grandes expectativas.
Pero allá encontré solamente hiervas y árboles,

Y cuando hallaba gente era igual a la otra.
Salgo al balcón, me siento en una silla. ¿En qué he de

pensar?
¿Qué se yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso que soy tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede

haber tantos!
¿Genio? En este momento

Cien mil cerebros suenan concibiéndose tan genios como yo,
Y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno,
Ni habrá sino mierda de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos con tantas

certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, soy más cierto o

menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas posadas y no posadas del mundo
No están en este momento genios-para-sí-mismos soñando con serlo?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,

Y quién sabe si realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni encontrarán oídos de la

gente?
El mundo es de quien nació para conquistarlo
Y no de quien suena que lo puede conquistar, aunque

tenga razón.
Tengo más sueños de los que Napoleón tuvo.
Tengo apretado al pecho hipotético más humanidades de las que tuvo

Cristo,
Tengo construidas filosofías en secreto que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y seguramente seré siempre, el de la posada,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre únicamente el que tuvo cualidades;
Seré siempre el que aguardo a que le abrieran la puerta ahí

donde no había puerta,

Y canto la canción del Ápeiron en un gallinero,
Y escuchó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en ninguna cosa.
Se derrama sobre mi ardiente cabeza la Naturaleza
El sol, la lluvia y el viento que revuelve mi cabello,
Y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Cardiacos esclavizados a las estrellas,
Conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la

cama;
Nos despertamos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía láctea e lo indefinido.

(¡Come chocolates, pequeña;
Come chocolates!
Mira que en el mundo no hay más metafísica que los

chocolates.
Mira que ninguna religión enseña más que la

confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Qué diera por comer chocolates con la misma verdad con la que

los comes!
Pero yo pienso y, al quitarle la envoltura de plata, que es de hoja

de estaño.
Lo tiro todo al suelo, lo mismo que he hecho con la vida.)

Pero del desencanto de lo que nunca seré quedará al menos
La caligrafía rápida de estos versos,
Portón roto que da a lo imposible.
Pero al menos me dedico a mí mismo un desprecio sin

lágrimas,
noble al menos por el gesto de desprecio con que aviento,

sin tomar nota, la ropa sucia que soy para el curso de las cosas,

y me quedo en casa sin camisa.


(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
siendo diosa helena, concebida como viva estatua,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa trovadoresca, gentilísima y colorida,
O marquesa dieciochesca, escotada y distante,
O célebre vedette del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno- no imagino bien qué-,
¡Todo eso, sea lo que fuera que seas, si puede inspirar que

inspire!

Mi corazón es una cubeta vacía.

Como los espiritas que invocan espíritus invoco

A mí mismo y no encuentro nada.

Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta nitidez.

Veo las tiendas, veo los corredores, veo los carros que pasan,

Veo los entes vivos que se cruzan,

Veo los perros que también existen,

Y todo esto me pesa como una condena al desarraigo,

Y todo esto es extranjero, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,

Y hoy no hay mendigo que yo no envidie por no ser yo.

Veo a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,

Y pienso: quizá nunca vivieses ni estudiases ni amases

ni creyeses

(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer

nada de eso);

Tal vez hayas existido difícilmente, como una lagartija a la que le

cortan el rabo

Y que es más que lagartija, un rabo agitándose.

Hice de mí lo que no supe,

Y lo que podía hacer de mí no lo hice.

El disfraz que vestía estaba equivocado.

Me conocieron como quien no era y no lo desmentí

y me perdí.

Cuando me quise quitar la máscara,

Estaba adherida a la cara.

Cuando la arranqué y me vi en el espejo

Ya había envejecido.

Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había

quitado.

Arrojé la máscara y dormí en el camerino

Como un perro soportado por la gerencia

Por ser inofensivo

Y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Música esencial de mis versos inservibles,

Quien pudiera encontrarte como cosa por mi hecha,

Y no estuviera siempre enfrente del Estanquillo de enfrente,

pisoteando la conciencia de estar existiendo.

como un tapete con el que un borracho tropieza

o una estera que robaron los gitanos y que no valía nada.

Pero el dueño del Estanquillo llegó a la puerta y ahí se quedó, en la puerta.

Lo veo con la incomodidad de la cabeza torcida

Y con la incomodidad del alma que está entendiendo mal.

Él morirá y yo moriré.

Él dejará la marquesina, yo dejaré versos.

En determinado momento morirá la marquesina, los versos

también.

Después de cierto tiempo morirá la calle donde estuvo

la marquesina,

Y la lengua en que fueron escritos los versos.

Morirá luego el planeta girante en que sucedió todo esto.

En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa

como gente

Seguirá haciendo cosas como versos y viviendo

por debajo de cosas como marquesinas,

Siempre una cosa frente a otra,

Siempre una cosa tan inútil como la otra,

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del

misterio de la superficie,

Siempre esto o siempre otra cosa o ninguna cosa ni

otra.

Pero un hombre entra en el Estanquillo (¿para comprar

tabaco?)

Y la realidad plausible cae de pronto encima de mí.

Me yergo enérgico, convencido, humano,

Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo

contrario.

Enciendo un cigarro pensando en escribirlos

Y saboreo en el tabaco la liberación de todos los pensamientos.

Sigo al humo como a una ruta propia,

Y gozo, en un momento sensitivo y apropiado,

La liberación de todas las especulaciones

Y el conocimiento de que la metafísica es consecuencia

de estar mal dispuesto.

Luego me echo para atrás en la silla

Y continúo fumando.

Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Si me casara con la hija de mi lavandera

Quizá sería feliz.)

Entonces, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

Y un hombre sale del Estanquillo (guardándose el cambio en la bolsa

del pantalón)

Ah, lo conozco, es Esteves sin metafísica.

(El dueño del Estanquillo se para en la puerta)

Impulsado por una casualidad divina Esteves se vuelve y me ve.

Me saluda con un adiós, y yo le grito ¡Adiós Esteves!, y el universo

se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y el dueño del

Estanquillo sonríe.

por: alejandro espinosa.

Alejandro Espinosa.  México (1978)
Estudió Letras hipánicas en la UNAM. Ha publicado los libros Pagafantas (2014) y El oficio de la holgazanería (2016).

Estados

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De pronto todo

nace y muere en mí;

entonces soy tantos nombres

que preguntan.

Entonces soy mañana,

tardes, noches

y ese día que alumbra 

el porvenir.

Entonces soy futuro

que no se alcanza,

ese pasado que 

se idealiza

y aún me llama.

Entonces soy presente 

que es hazaña

y me hace vivir,

esa sonrisa que calma

y confía.

De pronto todo

nace y muere;

los estados de ánimo

que nacen en mí.

por: Enrique A. Llamas ramírez

Enrique A. Llamas Ramírez. Guanajuato, México (1986).
Formación autodidacta. Ha participado en la red de tertulias literarias Guanajuato, ha aparecido en la antología Letras Interiores y en varias revistas digitales e impresas.