La historia de Felicita

Tomada de Pixels.com


Era el mes de octubre y por aquellos días no circundaba noticia alguna en el pueblo de cuanto ocurría en el mundo. Pocos eran los viajeros que llegaban por esos dulces caminos, hipnotizados para siempre, en una tierra aromada de pan en todos los amaneceres. Las escasas luces, hacían que el pueblo desapareciera por la noche entre el follaje de los árboles y los caminos hechos de tierra.

Vagaban algunas nubes. Fue por esos días cuando Felicita apareció una tarde, justo en el instante en que la lluvia azotaba la tierra, y con ella llegó ese aroma que se desprende de las grietas y de los otoñales árboles mojados. El viento iba y venía solitario agitando los maizales, y el monte era un remanso de colores violáceos.

Felicita sorprendió a todos con su llegada. En los suaves caminos de tierra lo primero que notaron los pobladores fueron sus pies desnudos. Se oyó decir al sabio del pueblo que andar descalzo sobre la tierra era la mejor forma de percibir el alma de los lugares.

Las trenzas de los cabellos de Felicita eran gruesas y de color azabache, y ondeaban más abajo de sus hombros. Era de tez morena y usaba una blusa de manta que contenía sus minúsculos senos. Tenía esos extraños ojos profundos y anaranjados, y eran como faros encendiéndose despacio. Sus labios, al hablar, mostraban una dentadura blanca igual que el tallo de los ciricotes.

Como es natural, las mujeres del pueblo, supersticiosas, la miraron con desagrado y con recelo. La verdad es que Felicita, aunque nadie supo de dónde vino y hasta algunos argumentaron que era la viva reencarnación de Ixchel, era una joven dotada de una hermosura superior. Solo los locos ignorarían ese lenguaje mundano que transige la belleza.

En el pueblo las mujeres estaban acostumbradas a quedarse en casa haciendo las labores domésticas. Los hombres las dejaban al cuidado de sus hijos y, ellos, hombres de campo, se dedicaban con esmero a la siembra y cosecha del maíz, el frijol y la calabaza. Gran parte del día permanecían en sus milpas entregados a los claroscuros del monte.

A Felicita no se le conocía labor ni familia alguna; pero todos los días se le veía en el mercado del pueblo adquiriendo frutas, pan y verduras. Aunque era bella y sonreía, muchos hombres sufrieron su desprecio. Una tarde, por ejemplo, Feliciano, un joven herrero, decidió ir hasta la puerta de su casa a llevarle flores de cundiamor, y le cantó con tanto agrado las mejores canciones, pero nada de ello suavizó el pecho de Felicita.

Pasado algún tiempo, como es costumbre, corrieron rumores y habladurías que se esparcieron como hojas en el aire.

—Sus manos tienen la textura de las flores del flamboyán —decían los hombres despechados que aseguraban haber tenido una aventura con ella.

Nadie sabe qué de cierto tienen esas historias y, aunque no se le conoció hombre alguno, nadie está preparado para los amores imprevistos. El amor es como un reloj de medidas y formas imprevisibles y, aunque el tema del amor es vasto, la mayoría de los amores son historias que ocurren por casos fortuitos de la casualidad, algo más o menos accidentado.

De modo que, como el agua que da vueltas y vueltas alrededor de las piedras buscando un orificio para meterse, así el amor encontró un hueco en el corazón de Felicita. Se enamoró perdidamente de un joven del campo y no hubo días más felices que esos para ella. Los que presenciaron el hecho cuentan que Felicita contrajo matrimonio con el joven en la pequeña capilla del pueblo.

La historia que marcó el encuentro entre Felicita y el joven, ocurrió durante la celebración de las festividades religiosas, en el camino de las cuatro cruces. Ahí Felicita lo vio venir por primera vez como un pájaro con el vuelo sostenido, percibiendo en él una atmósfera magnética y elocuente, con su camisa arremangada, revelando en sus ojos desordenadas manifestaciones de alegría. Así, como dos aguas que se juntan en un mismo río, también ellos se encontraron y se vieron. Al siguiente día ocurrió la magia.

Felicita gozaba de todas las cualidades que llegan con la juventud. La juventud es la edad más plena. Vivía embelesada. Pero así como la puesta memorable de los atardeceres es ilimitadamente efímera, así la dicha se le fue en una exhalación. Felicita enviudó a los pocos días y, de esa mujer hermosa y radiante, solo empezaron a quedar notables síntomas de amargura. Esa fue la primera vez en el pueblo que se le vio llorar con tanta sinceridad.

Para ella, como para muchos otros, el amor y la muerte se constituyeron, aunque sabemos que, desde la era del mito, los hombres han amado y muerto, pese a que la forma de amar y morir vaya cambiando.

Felicita solía ir todas las tardes al camino de las cuatro cruces a llorar desconsoladamente. Pronto la tomaron por loca. Cuentan que, a las pocas semanas de haber enviudado, la encontraron hablando sola por las calles y a su paso esparcía líneas de cal por los caminos. Contaron que, al hacer eso, miraba hacia el monte diciendo que marcaba los caminos por donde el difunto joven regresaría a buscarla.

Algunas noches, que por lo regular se tornaban demasiado oscuras, se le vio recorrer las calles del pueblo acompañada de una jauría de perros flacos y viejos. A veces, se le miraba desde muy temprano sentada en alguna banca de los parques, contemplando el amanecer que se abría con el aullido de los trenes que llegaban de las más prontas ciudades.

Hubo mañanas en que todos los caminos del pueblo amanecieron con grandes y largos tramos pintados de cal. Los campesinos cuentan que Felicita concurría las milpas y que en la tierra enterraba misteriosos objetos.

Los hechos que confirmaron su locura, según la partera del pueblo, fue que en una tarde gris en que llovía a aborrascadas, se le vio por los caminos de cal, desnuda, con los brazos extendidos, mirando en la profundidad del monte. Las mujeres del pueblo, asustadas, organizaron entonces una represión contra Felicita, porque argumentaban que despertaba los instintos más viles de sus hombres. Decidieron entregarla a la comisaría y, a partir de aquel momento, Felicita quedó bajo custodia.

Para humillarla, un día la expusieron a los pobladores frente a todos acusándola de impúdica y libidinosa. Pero aun en la desgracia, su rostro ofrecía sus facciones bastante bellas que sobresalía entre las mujeres.

El guardia de la comisaría contó que Felicita, decía que, por esos caminos de cal, su esposo la visitaba en los tiempos de lluvia para hacerle arrebatadamente el amor. Él sólo reía.

—Le tenía yo compasión —argumentaba.

Pero en un tiempo contó que, por esa época, desde los caminos que conducían a la comisaría, extrañamente aparecían huellas impregnadas en la tierra que venían desde fuera hasta la celda de Felicita.

Con el paso de los años la olvidaron y el pueblo parecía amanecer como antes. Era un horizonte que parpadeaba, que despertaba apenas con rumores. Los transeúntes iban y venían de sus milpas aromados del monte y de la tierra.

Pero pronto los atardeceres se tornaron inauditos…

Era una fría tarde de octubre. Los campos estaban llenos de cempasúchil. La gente regresaba a sus casas después de sus labores cotidianas. Llovía a aborrascadas como nunca antes se sintió llover en el pueblo. El viento era demasiado fuerte que las hojas de los árboles viajaban violentamente por el suelo y el aire. Olía a tierra húmeda. Los perros aullaban y ladraban como vaticinando algo que se aproximaba.

En esa temporada del año las cosas se tornaban más tristes y las casas parecían tener esos oblicuos tonos grisáceos. Las personas, inquietas por el temporal y el escándalo de los perros, salieron a las calles que eran un revoltijo de ramas caídas y regadas. El aire violentaba las calles, movía con vehemencia los arbustos, agasajaba cuanto encontraba a su paso.

Las flores como los muertos reviven en las épocas de lluvia. Al menos eso es lo que dicen. Cesó la tormenta, pero esa misma tarde una densa neblina empezó a cubrir al pueblo. Sobre la comisaría donde yacía encerrada Felicita se miraba a centenares de pájaros revoloteando. Olía a incienso.

De pronto pegó un fuerte rayo que sacudió a todos, pero nadie esperó tal metamorfosis. De la comisaría se vio salir una anciana encorvada y débil que se dirigió por donde antes Felicita, en su juventud, trazó caminos de cal. Entre unos arbustos que colindaban por los senderos que llevaban al monte, se vio un hombre joven que la esperaba. La neblina los cubrió por completo y la lluvia martilleó con más fuerza. Al amanecer, nada se supo de Felicita, pero en el pueblo se percibía un olor inmaculado, y el viento se aporreaba en lo alto de los árboles desvaneciéndose, desvaneciéndose como si se quejara de algo.

por: Roger Israel Ancona Ortega.

Roger Israel Ancona Ortega (Campeche, México. 1989) es narrador y poeta autodidacta. Estudió Literatura por la Universidad Autónoma de Campeche. Sus colaboraciones han sido publicadas en el suplemento dominical Pleamar, del diario Crónica de Campeche y en la revista literaria Bitácora de vuelos (Torreón, México). En 2015, recibió la beca INTERFAZ en la ciudad de Mérida.

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Por el mañana

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El día en que hicimos contacto pasó rápidamente a la historia. Al igual que otras fechas de importancia, como el 25 de agosto del 2012 o el 5 de septiembre de 1977. Desacostumbrados al pensamiento histórico, al devenir de la sociedad y debido al crecimiento de la interrelación con la tecnología de pantalla sin contacto humano, el siglo XXI llegó lentamente a su fin. Los parámetros económicos aún mostraban la cercanía con la debacle definitiva; el sistema político seguía siendo controlado por unos pocos que fingían gobernar en nombre de otros muchos; la cultura se encontraba cuasi finiquitada y los museos se habían convertido, junto con las bibliotecas, los archivos y cualquier rémora anterior al advenimiento de los chips subcutáneos de transferencia de datos en tiempo real, en meros receptáculos de polvo o en el destino de funcionarios políticos de segunda línea (cuando no de tercera), sin formación alguna para ocupar dicho puesto.


Quien conozca la conformación de los estados nacionales, previos a los estados continentales, sabrá que durante el siglo XX sucedía exactamente lo mismo.

Cuando la sonda de espacio profundo Voyager-1 atravesó finalmente la heliopausa la humanidad en su conjunto se desentendió de ella. La falta de presupuesto, además de un verdadero interés en lo que pudiera encontrar, llevó a que nadie analizara en tiempo real la recepción de las señales de esta sonda, ni las de su compañera, la Voyager-2. La única persona asignada para ello llevaba varios años de atraso en la comprobación de los datos.


En algún momento de la década de 2070 las señalas de la Voyager original comenzaron a llegar acompañadas por otra serie de señales que provenían en la misma dirección desde algún lugar de la galaxia. Eran saludos y comentarios que respondían a los contenidos de los discos de oro incluido en las sondas y, también, una invitación a llevar adelante algo que carecía de traducción exacta en cualquier lenguaje humano. Una invitación a un torneo, a una competencia, pero que también podría entenderse como un enfrentamiento, un reto, una pugna en torno a la supervivencia de la humanidad, en el caso de que esta perdiera, o de los extraterrestres que enviaban tan extrañas señales que se enfrentarían a nosotros. Las dificultades estribaban en que los lingüistas no se ponían de acuerdo en el sentido exacto del contenido de la a invitación; tampoco los sociólogos, pero como nadie se había molestado en preguntarles, sus debates bizantinos que no resultaban de interés, comenzaron y se acabaron sin generar impacto alguno en la sociedad.

Treinta años después de que comenzaran los primeros mensajes, cuando se logró descifrarlos, comenzó la completa militarización de la sociedad. Se cerraron las pocas universidades que permanecían funcionando (en algunos casos sin que nadie comprendiera cómo lo hacían), se dejaron de lado los planes sociales de mejoramiento de las viviendas, la salud, el arte y el trabajo, y el presupuesto mundial se derivó a la producción de alimentos racionalizados según la estrategia de guerra permanente, y la construcción de armas que pudieran ser lanzadas al espacio.

A mediados del siglo siguiente, dos generaciones completas habían nacido y sido criadas, en el contexto de una guerra inminente que se dilataba más y más junto con las discusiones de los diferentes lingüistas que aún perduraban en su intento por descifrar los mensajes. Eran los únicos científicos, junto con los matemáticos necesarios para el desarrollo de los proyectiles balísticos interplanetarios, que continuaban recibiendo subvenciones estatales para sus investigaciones.


Entonces surgieron las primeras naves en el límite de la heliósfera, lo que permitió que las comunicaciones fueran más fluidas, pero no por ello menos equívocas.

Los extraterrestres no hablaban nuestro idioma, nosotros no hablábamos el suyo; incluso la base del lenguaje de sus computadoras era diferente al nuestro, ya que no se basaba en el lenguaje binario sino en el trinario. Ellos hacían señas, nosotros entendíamos sonidos.
Y, también, viceversa.

Continuaron acercándose a una velocidad que se acercaba a la máxima lograda por cualquier objeto construido por el hombre disculpándose por utilizar una velocidad tan baja ya que no pretendían causar alteración alguna en el campo magnético de los planetas exteriores, ni en nuestra estrella. Dimos a entender que comprendíamos sus razones, pero nadie supo jamás de qué hablaban.

Tomaron posesión de Marte con sus naves nodrizas. Allí pudimos verlos por primera vez; eran pequeños seres verdes y de aspecto humanoide que esperábamos ver; aunque no por ello respondían al estereotipo de los alienígenas invasores. Al menos no en un primer momento. Claro que nos sorprendió que confirmaran la construcción estética que se hiciera en los documentos audiovisuales de la segunda mitad del siglo XX sobre este tipo de seres. Pero hubo poco tiempo para nuevas discusiones.

Desde Marte continuaron viaje hasta la Luna en naves más pequeñas y veloces, similares a un avión monoplaza, en las que varios de esos seres entraban cómodamente. Aguardaron allí varios días sin hacer otra cosa más que esperar una respuesta a su desafío por parte de la humanidad. Desafío cuyas reglas ni siquiera habían sido consideradas ya que desde un primer momento se asoció la idea de desafío a la guerra.

Al ver que nadie respondía volvieron a lanzar su desafío a la humanidad entera. No utilizaron una única línea de comunicación sino que, ante el primitivismo de los sistemas de encriptación de datos humanos, cada persona tuvo acceso directo a lo que pretendían los extraterrestres en su dispositivo más cercano. Algo que, a decir verdad, y luego de tantos años de preparación, resultaba, como mínimo, un anticlímax.

No buscaban una guerra, no querían una batalla, no les interesaba un combate, no pretendían un enfrentamiento entre especies diferentes. Ni ninguna otra cosa similar para evitar continuar acumulando sinónimos.

Querían algo un poco, digamos, diferente. Algo que se podría haber comprendido con mayor facilidad de haberse recordado el contenido de los discos dorados de las Voyager.

Los visitantes no medían la inteligencia de los pueblos con los que entraban en contacto por su capacidad beligerante, sino por sus creaciones artísticas, intelectuales e intelectualmente artísticas, cuando no artísticamente intelectuales. La capacidad de destrucción de una especie determinada los tenía sin cuidado, ya que fácilmente podían superarla; era la capacidad creadora la que entendían que determinaba el valor real de una especie. Y, por lo tanto, su capacidad de supervivencia.

Le permitían continuar adelante a aquella especie que demostrara poseer aún la más mínima capacidad artística, más allá de sus capacidades científicas para la construcción de una sonda de espacio profundo utilizando su propia inteligencia. Por otro lado, aquellas especies que lograban escapar del encierro de su propio planeta dedicándose meramente a la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, la extracción sin más de recursos, o el simple impulso de la guerra, eran borradas, de manera inmediata, de cualquier plano de la existencia.

Contaban con las herramientas necesarias para cumplir con su palabra; cierto que no las mostraban, tampoco resultaba necesario. Se las intuía en la forma en la que se manejaban tan libremente frente a la intranquilidad del humano seleccionado aleatoriamente como único representante de la humanidad para llevar adelante el desafío, en la Luna, y transmitido tanto a la Tierra como al mundo de origen de los recién llegados. Aquel soldado humano, entrenado desde su nacimiento para la guerra, la muerte y la destrucción, temblaba cada vez que apoyaba, sin destreza alguna para manipular algo tan diferente a un arma, el pincel sobre el lienzo, que temblaba sobre su caballete con peligro de caerse en la falsa gravedad artificial, que los extraterrestres habían elegido como campo de batalla.


por: José A. García

José A. García. Buenos Aires, Argentina (1983).
Escritor, guionista de historietas, blogger y profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México y Venezuela; con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos.

Solo una vez

Tomada de flickr. Prisionero, benitez79

El policía Carlos Herrera siempre fue muy diferente a la gran mayoría de las personas. Desde el instante en que comenzó a tener uso de razón supo del increíble y mágico don con el que había sido bendecido, como si alguien se lo hubiese susurrado al oído, con lujo de detalles.

Decidió no confiarlo a nadie y siempre se abstuvo de hacer uso de esta habilidad, pues sabía que únicamente podría usarla una vez en toda su vida.

Encerrado en su celda, lugar donde cumpliría una condena cuya cantidad de tiempo ya había olvidado, no podía más que repetirse a si mismo que había desperdiciado por completo el don que siempre lo había tenido tan orgulloso.

Ahí sentado con lágrimas en los ojos, podía pensar en todas las ocasiones en las que debió haber usado su poder y en las tantas otras en las que en su momento optó por no usarlo.

Recordaba una y otra vez aquella fatídica noche. La noche en la que, vigilando su sector con su uniforme puesto, y pensando en su creciente deseo de volver a casa junto a su esposo y a su hija, se encontró con esa escena, en ese callejón oscuro al que dirigió su mirada accidentalmente.

La mujer era incapaz de gritar, pues uno de los asaltantes armados le cubría fuertemente la boca con su mano libre; mientras que el otro, al acábar de arrebatarle todo lo que ésta poseía de valor, comenzó a desprender los botones de la camisa de su víctima de un modo violento.

Levantando su arma reglamentaria, Carlos les ordenó detenerse y bajar las armas, considerando innecesario abrir fuego en ese momento. No obstante, los victimarios no fueron de ese parecer, ya que no dudaron ni un segundo en usar sus pistolas contra sus dos blancos humanos, antes de huir del lugar a toda velocidad, sin darles oportunidad de reaccionar a ninguno de los dos.

—Llegó… el momento de… hacerlo —pensó decidido, al verse herido en el hombro, al igual que la desconocida mujer y recordando a su familia que lo estaba esperando decidió que no moriría aún.

Las vidas de los dos parecían tener los segundos contados; por lo tanto, un instante después de aquellas últimas palabras, ocurrió lo que él estaba esperando.

El tiempo mismo comenzó a correr en reversa a una velocidad impresionante. En dos parpadeos se encontraba nuevamente presenciando el crimen, a metros de distancia de los protagonistas; sin embargo, él ya no era el mismo de antes.

Sin pérdida de tiempo intervino disparando dos de sus proyectiles a las piernas de uno y del otro, evitando que pudieran dañar a la dama.

Fue corto el tiempo en que creyó haber reservado y usado sabiamente su don inexplicable; como también fue corta su sensación de triunfo.

Encerrado, condenado a años de prisión, separado de su querido Esteban y de su pequeña y amada Diana, no lamentaba haber ayudado a esa muchacha, ni haber asistido a los dos asaltantes con el fin de evitarles la muerte. Lo que lamentaba era no haber hecho uso de su poder en una mejor circunstancia de su vida. Tal vez no habría acabado todo así.

Aunque quería odiar a la víctima de aquel acto criminal, por haber testificado en su contra (acusándolo de negligente en el uso del arma, y negando todo el peligro que, según él, ella corría), no podía hacerlo; entendía que actuó así por miedo a represalias por parte de sus agresores. A quienes no podía evitar detestar era a los familiares y amigos de uno de ellos, muerto poco después del suceso, en el hospital. Por culpa de éstos, que declararon en todas partes lo “buen pibe” que era el hombre, y que exigieron “justicia”  contra Carlos, él estaba donde estaba. 

A pesar de lo mucho que le doliera, debía resignarse a su situación y aceptar que, para la gente, eso era la justicia.


por: Eduardo Barragán Ardissino.

Eduardo Barragán Ardissino, nacido en Mar del Plata, Argentina, el 3 de marzo del 1988. Actualmente cursa un profesorado en lengua y literatura. Tiene cuatro textos disponibles para descargar en la app Pathbooks: Una detective desconocida, La puerta, El juego del puente y Los cíclopes araña invasores.

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Con todo el cuerpo

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–¿Duele?
–¿Qué? ¿Duele qué?– me contestó Lucía, distraída, mientras le hacía la parada al transporte.
–Llevar la pluma así.
–¿Cómo?– volteó mientras el autobús se detenía justo a sus pies.
–Conectada al corazón, llevas la pluma conectada al corazón. 

Sonrió sin contestar o esa fue su respuesta; en todo caso, no entendí. Lucía subió y yo la seguí con la mirada hasta que se sentó, me vio por la ventana y jugueteó poniendo la mochila a la altura de su cara, dejándome ver solo sus ojos. Le sonreí de vuelta y la camioneta arrancó pedorreando un humo negro que me hizo toser. Nunca supe si me entendió, si escuchó, o si estaba pensando en esa canción que le dediqué tantas veces en mi cabeza. No, eso no, ella nunca supo que cantaba First day of my life cada que la veía. Después de ese día, no la volví a ver. 

Lucía tenía un talento. Escribía con todo el cuerpo; era tan dura consigo misma, que decía que escribía con el culo, aunque yo la vi hacerlo con el hígado, con los riñones, con los codos cuando estaba incómoda, con las rodillas cuando pedía perdón, con el talón cuando no podía más y con la vagina cuando, bueno, también cuando ya no podía más. 

Nunca volví a ver algo así. El escritor promedio usa dos, tres órganos cuando mucho: ella se había dejado hasta la piel, sobre todo cuando hablaba de su madre. La veía escribir y a los minutos la carita llena de urticaria, toda roja; de repente ya todo el salón se estaba rascando. Lo peor, para todos, era cuando escribía con el estómago. Nomás ver la letra escurrida, expelida, temblorosa y uno ya sabía lo que le esperaba. Todo comenzaba con las convulsiones, arcadas fortísimas que a los pocos segundos ya estaban en tu cuerpo, acompañadas del olor a vómito caliente que se acumulaba en la tráquea, escupiendo bilis nívea que se escurría por las comisuras de los labios. Los sanitarios se llenaban de alumnos vomitando y el conserje tenía que salir corriendo y atender el concierto de eructos y sacudidas demoniacas. Cuando Lucía escribía con el estómago, expulsaba cucarachas y reptiles. La profesora le prohibió hacerlo cuando estuviera enojada, todo el salón secundó la moción. 

No importa qué órgano usara, Lucía siempre se rellenaba la tinta en el corazón. Cuando lo hacía con los ojos, no había lagrimal que no se llenara de burbujas viscosas y lechosas que explotaban y se desparramaban sobre las mejillas. Cuando la mandíbula estaba involucrada, no había cuerpo que no se doblara en el suelo, el salón se convertía en un auditorio de retortijones, pedos, orín y todo aquello que veintitantos cuerpos retorciéndose sin control no podían contener. Era incómodo levantarse y voltear a ver a todos mientras te revisabas el pantalón manchado por ambos lados, pero aprendimos a vivir con ello; cuando tocaba Creación, solíamos llevar una muda y aquel que la olvidaba, prefería saltarse la clase. Era como si a través de su pluma fluyeran todas las emociones humanas; nunca me había sentido tan vivo como esos seis meses que la admiré de lejos. 

Cabe aclarar que yo estaba enamorado de ella; de ella y no de sus letras, pero también de ellas; sin embargo, nunca tuve el valor de acercarme. Le escribí decenas de correos, nunca los envié; cientos de mensajes que tampoco envié y miles de miradas pícaras que, al menos en mi cabeza, siempre fueron invitaciones a salir. Creo que en alguna ocasión murmuré un ‘salgamos’ mientras caminábamos a la parada, pero terminé ocultándolo con la boca tras la playera.

Y no fue por falta de ganas, ¿cuántas veces no deseé ser el vaso de café que siempre la acompañaba? Ese vaso sobre el que postraba los labios finos y rosas que se me aparecían entre sueños. Y realidades. Esos que me aprendí a la distancia. Siempre a la distancia. Trazando una línea que unía los míos, más bien regordetes y poco simétricos, con los suyos. Me los aprendí y jamás los toqué. 

Photo by Carlos Galeano. Tomada de Flickr.

Cuando Lucía despareció, las leyendas comenzaron: que si se había embarazado y su madre la mandó a vivir con su abuela a Francia; si conoció a un camionero que se la robó; que fue  vendida a un bar de escorts en Reforma; incluso decían que su mamá la había hecho enojar a tal grado que la había matado con sus letras y ahora era prófuga de la justicia. El caso es que ese fin de semana, le perdí la pista. Acepto que pensé en llamarla un par de veces, pero nunca lo hice. Dejé que pasara el tiempo. Pensé que la olvidaría. Silly rabbit

No volví a saber nada de ella, hasta doce años después que me la encontré en Cancún, o ella me encontró, o yo la busqué, o… “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” como dijera Cortázar. Yo había renunciado a mi trabajo y me resigné a gastar parte de mis ahorros en un viaje del que no tenía muchas ganas de regresar, pasaría unos días en Playa del Carmen. Había decidido hospedarme fuera de la zona turística, así es que, dando un par de vueltas por aquí, y un par de vueltas por allá, encontré un bar con un cartel con luces neón rojo-blanco-rojo-blanco-nada-nada- nada-blanco que aún se aferraba, con la fuerza de un niño que aprieta las manos al marco de la puerta del dentista, a la base oxidada y roída, pero con tres letras que se habían dado por vencidas y se habían apagado para siempre: EL ALiviO. Era mi último día en el hotel, así es que no me pareció mala idea salir a caminar y emborracharme en algún lugar.

Un par de chicos salieron tambaleándose y tras de sí un olor a mariguana y meados que se me impregnó en todo el cuerpo. El lugar estaba semivacío, una pareja discutiendo al fondo, un grupo de amigos escandalosos y un hombre dormido en la barra. Decidí sentarme junto a él; pedí un whisky en las rocas, supuse que una piña colada en un lugar así era casi una invitación a ser pateado, y esperé. El cantinero me miró y sin mediar palabra estiró la mano esperando que pagara. Lo hice. De reojo vi a una mujer que se acercaba al mostrador, anotaba un par de palabras en la comanda y se la entregaba con desdén al mozo. Mientras escribía, no pude evitar sentir un retortijón que me heló la piel y me hizo apretar el estómago con los brazos, me puse las manos en la boca y corrí al baño mientras dejaba caer gotas de vómito que no alcancé a detener. Dos hombres ocupaban los sanitarios y un par más escupían llamaradas de líquido color crema en los mingitorios; hice lo propio en el lavabo, abrí el grifo y limpié con las manos los pedazos de nata que se mezclaron con el agua creando una pasta amarillenta que giraba perdiéndose en la tubería. Me mojé el cabello y salí tropezando con un par de hombres batidos de sus propios fluidos: ellos no lo lograron. Mi vista se centró en la mesera: era ella. 

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Lucía. Balbuceé, todavía sin que las arcadas desaparecieran del todo. Ella volteó e hizo una mueca de escepticismo que se me clavó en la sien. Tardó unos segundos en reconocerme, estaba más guapa que nunca. 

–Mariano, qué cambiado estás. Tu voz. Tu… bueno no, eso no es barba. ¿Qué haces aquí? ¿Hace cuán…?
–Doce años, Lucía, doce. Hace doce años te subiste a ese camión y no volví a saber de ti. Doce pinches años. ¿Por qué? ¿Qué hiciste? ¿Estás bien? 

–Ahora sí. A veces no. Justo hoy no. En ocasiones todavía no lo controlo– señaló una mancha blanquecina en mi pecho.
–Eso. Ya había olvidado tu… talento.
–Es una maldición. ¿Sabes qué fue lo que escribí? Dos cervezas, un ron con coca; la bronca fue que lo hice con el estómago. 

Se hizo un silencio. Levanté los pies, estaban pegajosos. 

–Estoy a punto de salir, dijo buscándome la mirada. ¿Quieres… ir a algún lugar? Prometo no escribir nada.
Esbocé una sonrisa. Déjame tomar mis cosas y vámonos. Vivo muy cerca. Te invito un café, una cerveza, agua o nada. No sé cómo hacer esto, Mariano. 

–Vámonos de aquí- le dije. 

Cancún es caliente a todas horas. Eran las dos de la mañana y yo no paraba de sudar. La notaba entretenida. Vestía una remera de Sabina que parecía que se desgarraría en cualquier momento, una falda de mezclilla que dejaba ver sus torneadas, ahora bronceadas, piernas y unas sandalias que parecían brillar en la oscuridad. Llevaba las uñas pintadas de negro y noté, por primera vez, que tenía el dedo gordo de cada pie ligeramente encorvado hacia el centro. Llevaba el cabello recogido y a ratos, tratando de que no lo notara, yo me perdía en sus labios, como en antaño. Ahí estaba, después de todo ese tiempo, la boca con la que tanto soñé. Fantaseaba con un nosotros que nunca existió. Tenía que retomar la conversación con un falso “la vida es una perra”, que ella tomaba como una sincera muestra de complicidad. 

Llegamos, dijo, mientras sacaba un juego de llaves que introdujo a una puerta de acero que parecía pesar una tonelada, jaló con fuerza y cedió abriéndose con un sonido de bruja que me enchinó la piel. Un pasillo angosto rodeado por ambos lados de vegetación crecida, marcaba el camino hacia una casita al final del terreno. Avanzó y me rozó las manos con esos dedos largos y flacos: sentí su tristeza. Apretó mi dedo y me jaló delicadamente. No tengas miedo, me susurró y las piernas se me hicieron ligeras. Comenzamos a flotar en medio de eso que parecía un pantano, tocaba con la punta de los pies el agua estancada que dejábamos atrás. Llegamos a la puerta y abrió. Palpó la pared y después de un par de intentos, dio con el interruptor y alumbró un pequeño, pero acogedor, departamento. Era un loft largo y estrecho, al fondo una cama y una litografía de El Jardín de las delicias. El sofá de dos piezas dividía la estancia de la recámara; me invitó a sentarme con un gesto, mientras se metía a la cocina y me ofrecía algo de tomar. 

-Una cerveza- repliqué. 

-¿Esta es tu casa?- dije incómodo, tratando de romper el hielo que se había creado en los últimos minutos. -Así es, por ahora. No duro mucho tiempo en ningún lugar; soy de aquí, pero también soy de allá, no tengo raíces. 

-¿Quién las tiene?- contesté. 

–Quiero enseñarte algo que no he enseñado jamás. La realidad es que nunca he tenido ganas de hacerlo, tal vez porque no me he quedado mucho tiempo en la vida de nadie, no lo merece no  nunca quise que lo merecieran. Quizá sólo tengo miedo a que nadie lo entienda. 

–¿Y cómo sabes que yo entenderé?
–No lo sé, pero… ¿qué pierdo? ¿Qué pierdes? Prometo que no te haré daño. 
–No puedes hacerm…
–Ambos sabemos que sí puedo hacerte daño. 

El silencio de nuevo nos envolvió. Se levantó, abrió un cajón de su escritorio y sacó un libro con pasta negra. Lo dejó caer pesadamente sobre la mesa y sopló; las partículas de polvo flotaron lentamente hasta perderse en la pared. Volteó a verme y preguntó con una sonrisa ladina si estaba listo. Asentí. 

Abrió el libro justo a la mitad y resbaló los dedos entre  dos páginas; se sentó y  cruzamos miradas. Movió los labios pausadamente y me dijo no tengas miedo. No tuve miedo. 

Anthony Gourdet, Tomada de Flickr.

Unos instantes después, el escritorio empezó a temblar; cientos de cucarachas se materializaron y comenzaron a caer de entre las páginas, formaron una línea que se dirigió a la cocina. Le siguieron sapos, lagartijas, víboras, dragones de komodo y un cocodrilo enorme que me hizo recoger las piernas sobre el sofá. Pero, ¿cómo?, ¿qué estás haciendo? Un olor a humedad y lodo nos abrazó. Empecé a temblar. Me paré en el sofá y brinqué agitando los brazos.

-¡Detente, detente ya! 

-¡Espera!- dijo ella mientras me hacía señas con las manos,-Por favor, espera.

El cocodrilo se detuvo en el marco y volteó a ver a Lucía, ella sacudió la cabeza y el animal se perdió en la cocina. El escritorio dejó de temblar. 

–¿Qué es esto, Lucía? Quiero irme. 

De repente, las páginas desprendieron una luz que en espiral formaba un vórtice que apuntaba directamente al techo. Los colores del arcoíris iluminaron toda la habitación; rubíes y diamantes se desparramaron hasta sus pies. El sofá comenzó a sacudirse con raíces que brotaron con rosas, dalias y crisantemos de todos los colores. Tucanes, quetzales y colibríes fosforescentes revoloteaban a mi alrededor. Una calandria se postró justo en mi nariz, me dejó acariciarla hasta que Lucía la llamó señalándola con el dedo índice. Un olor a césped me llenó las fosas nasales, el piso de cemento había desparecido. Me quité los zapatos y bajé los pies. Estaba fresco. Lucía sonrió, estiró el brazo y le acaricié los dedos: sentí su serenidad. Esbozó un “ven” que jamás salió de su boca y me acerqué para besarla por primera y última vez. Me rozó la cara con la palma y sentí su felicidad; me alejó delicadamente y puso la otra mano sobre el libro. Dijo adiós y desapareció entre las hojas. Oscuridad total. Un sonido hueco. Tanteando las paredes, llegué al apagador y apreté el botón varias veces hasta que la luz volvió a funcionar. El libro se había cerrado. Lo tomé con ambas manos y me lo puse en el pecho. Una cucaracha extraviada buscaba su camino a casa, lo abrí ligeramente y la dejé entrar. Paseé los dedos sobre las letras doradas de la inscripción: De rubíes y reptiles. 

Una tranquilidad me llenó el cuerpo; tomé los tenis y los puse bajo el brazo, bajé la mirada y una hoja de césped se atoró entre mis dedos. Me agaché y lo tomé. Un viento inexistente quería arrancármelo de la mano, parecía querer regresar. Saqué mi cartera y lo guardé, así siempre sabré en dónde está Lucía.

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por: Héctor Daniel Ochoa Flores

Héctor Daniel Ochoa Flores. Ciudad de México, México (1985).
Estudió Finanzas. Cuenta con publicaciones en Revistas Digitales como Mundo de Escritores, Los No Letrados y próximamente una versión de Cuarentena que saldrá en Yo Publico que será en versión digital e impresa.

Robin

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I

Tomo el control remoto, subo el volumen al máximo y aguardo. Nada sucede. Están profundamente dormidos. Las pastillas funcionaron, aunque tardaron más de lo esperado. Voy a la cocina por un cuchillo. Lo dejo en la cama. Muevo a mamá un poco, es quien tiene el sueño más ligero. Nada. Tomo nuevamente el cuchillo. Lo clavo en su pecho, abre los ojos y deja escapar un chillido de su boca, lo clavó dos veces más. Supe que estaba muerta porque el cuerpo se le suelta, como en las películas. Siento la mano un poco aturdida, comienza a oler feo, como a popo. Sigue mi padre. Uno, dos…abre los ojos.

—Ricardo… —me mira extraño, nunca me había visto así. Esa mirada me lastima las entrañas. 

Él se pone de pie, yo retrocedo. Coloca las manos en su estómago. Cae de rodillas… deja de moverse.

II

—En este cómic Nightwing toma el manto de Batman. No quiere hacerlo, pero Alfred lo convence. Alguien debe cuidar de Gótica y de Damian.

—¿El hijo de Batman?

—Ese mismo.

—Es increíble, léelo por favor Ricardo…oh,espera, alguien se acerca.

Me apresuré a meter el cómic en el agujero que le hice al colchón, Diego, por su parte volvió a su cama.

—¿Por qué escucho ruidos?

—Debe ser su imaginación señorita Irelia.

—Una palabra más Ricardo y te echaremos a la calle.

Hice una seña, como cerrando una cremallera imaginaria en mi boca. La mujer gorda resopló y abandonó la habitación. Un par de minutos después, cuando estaba quedándome dormido, Diego me habló.

—¿Quién me leerá cuando te vayas?

—No lo sé —ya había pensado en eso. Robé un celular del bolso de una de las maestras hace un mes. Lo primero que hice fue deshacerme del chip. Y durante algunas madrugadas me escabullí al baño a grabar en audio los mejores cómics de Batman. Así Diego podría escucharlos cuando me marchase —No quiero pensar en eso, vamos a dormir.

III

Diez malditos años en el orfanatorio. Nadie me adoptó. Supuse que el director, las maestras o la maldita de Irelia les contaban sobre mí a los padres. Lo supuse por cómo me veían sin verme. Ese temor en sus ojos, lo reconocí, ya lo había presenciado antes.

Mi historia, al igual que la del primer Robin, comenzó en el circo. Rogué por semanas a mis padres que me llevaran, no solo eran los animales, la magia, los acróbatas y los aros de fuego, ese circo tenía algo que ningún otro: tenía a Batman. 

Era el verdadero. Vi el comercial en televisión, el mismo traje, la misma voz. Mi padre me hizo prometer que no pediría nada, yo lo juré con el corazón. Cuando el día llegó, no tenía hambre, ni sentí la necesidad de tener una de esas varitas luminosas, solo quería verlo a él.

Apareció detrás de una cortina de humo. Extendió su capa e hizo algunas acrobacias. Entonces un montón de payasos se le acercaron, algunos con palos, otros con cuchillos, pero él los derribó a todos. Fue muy divertido verlos correr detrás del escenario, incluso uno tropezó mientras huía. Reímos todos. Luego Batman subió a su moto y la condujo dentro de una gran esfera de metal. Nunca le vi hacer eso en los cómics. 

Atención amiguitos, Circo Hermanos Silva trae una oportunidad única que no pueden dejar pasar. Batman estará tomándose fotografías con los pequeñines.

Ni siquiera se los pedí a mis papás, bajé inmediatamente, quería ser el primero de la fila. Un hombre calvo y gordo me detuvo.

—Son $70 pesos pequeñín.

Hice como que me daba la vuelta y me colé corriendo. El hombre fue tras de mí. Batman le hizo una seña para que se detuviera.

—Me encantaría regalarte la foto amiguito, pero tendría que obsequiárselas a todos.

“No importa, tu eres rico”, pensé  decir, pero en su lugar dije:

—Quiero ser tu Robin.

—¿Perdón?

—Entréname, quiero combatir el crimen contigo.

—¡Ricardito! —mi madre estaba tras de mí. Mi padre, por su parte, intentaba calmar al hombre calvo que se veía bastante molesto.

—Tú tienes unos padres que te aman —me dijo Batman —no podría alejarte de ellos. Esto es cosa de huérfanos.

Mi padre se vio obligado a pagar la foto y me reprendieron todo el camino a casa. Era mi posesión más preciada, hasta que Irelia la rompió frente a mí. Dijo que yo era un monstruo. Pero ya lo verá, yo seré un héroe, y cuando sea rico, vendré y compraré este orfanatorio, y despediré a todas las maestras agrias, al imbécil del director, pero sobre todo a la maldita gorda que rompió mi foto.

por: José Rodolfo Espinosa

José Rodolfo Espinosa. Matamoros, Tamaulipas, México (1990). Escritor y profesor mexicano. Becario del PECDA, en la categoría de Jóvenes Creadores por novela. Libros Publicados: El regreso de los dioses, la batalla de Folkvangr (Caligrama, 2019). Pacto Maldito (Pathbooks, 2019). Para destruir el final y otros cuentos de fantasía y ciencia ficción (Kaus, 2019).

No se lamenten después

No estoy seguro de si hago lo correcto al hacérselos saber, si ustedes realmente se lo merecen, si el resto de los míos aprobaría mí proceder…

Hacia el siguiente universo

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La vernissage se había extendido demasiado tiempo, el alcohol había fluido con demasiada… fluidez. La pegajosa noche de Buenos Aires, con esos diálogos plagados de referencias pseudo culturales, series de moda, escándalos de la farándula y alusiones que no comprendía del todo, se tornaba insoportable a medida que los minutos se aplastaban uno sobre otro.

Esperé lo que me pareció un tiempo prudencial para desaparecer sin que mi ausencia repentina fuera tenida en cuenta y que el diálogo, tan insípido como insulso, continuara sin más. Eso significaba perder, como mínimo, dos horas. Podría haber huido antes, pero se parecería demasiado a una estampida de búfalos huyendo de cazadores inexpertos en las planicies; como la que se produjo con la llegada de las bandejas del catering y las copas de sidra disimulada como si se tratara de champagne. Esto reforzaba el estereotipo de que todo artistas es, en un porcentaje medianamente indecente, un muerto de hambre (¿metafóricamente hablando?). Regalé más de mi tiempo de lo que en cualquier otra situación hubiera aceptado para algo semejante, lo sé.

Claro que acceder a la invitación había sido el primero de los errores. Acercarme al lugar el segundo. Llegar media hora antes del inicio, el tercero. Y la lista se tornaba cada vez más extensa a medida que transcurrían los segundos.

Pero, ¿para qué mentir? Al menos algunos de los bocadillos tenían buen sabor.

El problema era otro.

¿Por qué había aceptado ir? Aun sabiendo que ese tipo de espectáculos resultaba, como mínimo, aburrido, como máximo, demoledor para el humor y la cordura.

Luego de empalagarme con algo que tomé de una de las bandejas sin saber su nombre ni poder establecer tampoco una descripción medianamente coherente para señalar su filiación, si pertenecía al mundo de lo dulce o lo salado, o a ese otro espacio de lo agridulce, descubrí la mejor ruta de escape: los baños se encontraban en la misma dirección que la puerta de salida.

Ni siquiera hizo falta que me despidiera.

Tan pronto como salí a la calle, hice señas a un taxi vacío. Me encontraba en una de las avenidas del centro donde el barrio se abre paso por sobre la ciudad y el mantener un Centro Cultural, o un Espacio de arte, o alguna denominación similar, resulta más económico. No sospeché que el subirme a ese taxi, que nada tenía de casualidad y lucía tan extrañamente común, sería el inicio de la segunda parte de mi aventura.

Si, todo lo anterior no era más que el prólogo para comprender cómo había llegado a subir a ese taxi. Saludé al chofer con el habitual gesto de cabeza y le pedí que avanzara sin más, que se alejara tan rápido como había cerrado la puerta.

Dejé pasar varias calles, creo que alguna avenida, o algo así, esperando a que las burbujas del falso champagne se calmaran en mi cabeza. Desde la lejanía escuché la áspera voz del taxista, sin dudas habituado al trabajo nocturno pero no por ello menos cansado, menos necesitado de sueño(s), descanso, ver el sol dorándole la piel y vaya uno a saber cuántas cosas más:

—¿Dónde lo llevo jefe? —preguntó. Ignoro realmente qué era lo que le molestaba de la situación. El taxímetro estaba funcionando y pagaría lo que fuera a indicar cuando me bajara; ¿por qué tanto apuro?

—En la próxima calle gire hacia el siguiente universo —respondí aún con los ojos cerrados.

El silencio que provocaran mis palabras me obligó a abrirlos y descubrir la mirada del taxista en el espejo retrovisor. No había odio en su mirada, ni resignación por ser el objeto de innumerables bromas mal dirigidas y de pésima calidad, ni por la infinidad de pasajeros que no sabía cómo mantener un diálogo de situación. No, no había nada de eso sino que, al contrario, lo que en ellos vi resultó por completo diferente. Sus ojos brillaban en aquel espejo.

Y ese brillo, tan fuera de lugar en unas pupilas tan marrones como comunes en esta parte del mundo, ¿era de júbilo?

—¿Qué…? —comencé sin saber muy bien qué decirle.

—Llevo años esperando a que sucediera algo como esto —me interrumpió—. Será mejor que se ajuste el cinturón y se coloque el casco.

—¿Casco? —pregunté mientras veía se colocaba un casco en su cabeza que no podría decir de dónde había sacado. Me hizo un gesto con una mano señalando hacia atrás, allí me di cuenta que llevaba guantes sumamente gruesos y de aspecto pesado (de seguro eran muy caros, en la lógica de los 90s). Detrás del asiento que ocupaba había, efectivamente, un casco similar al suyo. ¿Cómo no lo había visto cuando subí al taxi? ¿Cómo es que no llamó mi atención antes?

Giró en la siguiente calle, como le había pedido que lo hiciera; no llegué da darme cuenta si lo hacía en la dirección correcta, tampoco era lo que me importaba en ese momento. Comenzó a aumentar la velocidad más y más, mucho más que ochenta y ocho millas por hora, en un lugar que no estaba preparado para algo semejante.

—¿Qué está haciendo? —le pregunté.

—¡Póngase el casco! —ordenó.

Con movimientos torpes, de quien nunca utilizó nada semejante, me coloqué esa cosa sobre mi cabeza, el vidrio estaba espejado, era tan negro que apenas sí podía ver. Las ruedas delanteras golpearon contra algo que parecía ser un reductor de velocidad y el salto me hizo golpear contra el techo de la cabina y darme cuenta que ni siquiera había llegado a ajustarme el cinturón de seguridad.

—¡Más despacio animal! —grité.

—Pero… —respondió el chofer en un tono más tranquilo—, era la velocidad de escape necesaria.

—¿De qué rayos (no usé la palabra rayos, sino otra que deberán imaginarse) está hablando? —dije mirando hacia el frente luego de acomodarme una vez más en el asiento y dentro del casco.

Contemplé ya sin estupor, porque por esa noche había superado la cantidad de emociones a las que podía recurrir para una descripción, el vacío y las estrellas que nos rodeaban. Una galaxia en la lejanía, un planeta enano que pasaba a nuestro lado, un puesto de venta callejera de artesanías indígenas sobre un asteroide, y tanta negrura que parecía tragárselo todo.

Mi mandíbula se abrió de tal manera que, de no ser por el casco, habría golpeado contra mi pecho.

—¿Qué es eso…? —pregunté sin saber muy bien a qué parte de cuanto me encontraba mirando, me refería.

—El camino hacia el siguiente universo —respondió el chofer—. Dos horitas, más o menos, si no hay mucho tráfico, llegamos.

Miré los números que no dejaban de crecer en el taxímetro junto con otros símbolos extraños y por completo desconocidos para mí. Pero lo que más me preocupaba en ese momento no era el posible astronómico valor del viaje, sino la remota posibilidad de encontrar, en algún momento del trayecto, un baño en el cual liberar a mi vejiga de tanto champagne sabiendo que aquella sería la última vez que tomaría un taxi al salir de una maldita vernissage.


por: José A. García

José A. García. Buenos Aires, Argentina (1983).
Escritor, guionista de historietas, blogger y profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México y Venezuela; con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos.

No se lamenten después

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En efecto, quiero que esa oración de cuatro palabras que acaban de leer quede muy clara a todos los que están leyendo esto. Yo solo busco dar una oportunidad al narrarles un acontecimiento que ocurre todo el tiempo alrededor de nuestro mundo, sin que ustedes lo sospechen.

Debo apresurarme, ya que puedo sentir como mis recuerdos comienzan a abandonarme poco a poco. Pronto mi anterior identidad no será ni un simple recuerdo para mí. Sin embargo, en este momento aún puedo rememorar algunas de aquellas felices vivencias que pasamos mi amo y yo. Antes de ese día donde todo cambió para los dos.

Son estos recuerdos los que me dificultan entender por qué él actuó como lo hizo, cómo pudo hacerme eso. Siempre fui muy leal y obediente. Él constantemente me demostró que ésto era recíproco. Me alimentaba todos los días, jugaba conmigo y siempre afirmó que los de mis especie “son el mejor amigo del hombre”.

Creo que lo único que cambió en mí fue el tamaño de mi cuerpo. Antes, yo era muy pequeño, pero crecí bastante con el paso del tiempo ¿Será ese el motivo por el que cambió su modo de ser al tratar conmigo?

Pensándolo bien, pude haber atravesado más cambios, más difíciles de notar para mí. Cambios que pudieron haber influido en el cariño que mi dueño sentía hacia mí: creo haber empezado a ladrar cada vez con vmás frecuencia e intensidad que antes, paralelamente al aumento de mi edad y de mi tamaño, así como al de mi energía y mis deseos de jugar. No estoy seguro de que efectivamente yo haya cambiado en todo ésto, es solo una posibilidad en la que pensé, reflexionando en retrospectiva.

Fuera su razón la que haya sido, yo subí a su auto aquel día sin sospechar lo que me quería hacer realmente. Ya empezaba a anochecer cuando detuvo el auto a mitad de la nada, y arrojó con fuerza su pelota de tenis, como siempre hizo para invitarme a jugar con él. Ya llevaba una considerable cantidad de meses sin hacer eso, por ese motivo me lancé tan emocionado en su persecución, pensando que nuestro determinado vínculo ya empezaba a restablecerse finalmente.

Cuando fuera del coche me volteé hacia él, con la pelota entre mis afilados dientes, éste ya no se encontraba ahí. Se alejaba rápidamente del lugar, a la vez que de acercaba cada vez más al horizonte. Luego de efectuar una corta e inútil corrida, con dirección al vehículo, llegó el momento en el que me detuve, y en el que me dí cuenta de lo que estaba pasando. Instantáneamente sucedió. En un parpadeo yo ya no me encontraba parado ahí, con esa pelota dentro de mi hocico, si no que estaba sentado frente al volante del auto del hombre que fue mi familia en otro tiempo, haciendo uso de las habilidades para manejar que acababa de adquirir en un santiamén, así como de mis nuevas manos y piernas humanas. Mi nueva vida, en mi nuevo cuerpo, comenzó en ese preciso instante. Lo mismo se aplica a mi antiguo amo, supongo.

Algunas personas aplaudirán mi decisión de dejarlo ahí, donde él planeaba dejarme condenado a vivir la vida que él mismo iba a imponerme; otros me reclamarán el no haber vuelto a buscarlo para vivir juntos una vida con los roles intercambiados. La razón por la que no hice ésto no fue la venganza. Eso no me interesa. Fue para no correr el riesgo de que esta especie de castigo divino se revierta en cuanto estemos uno frente al otro, pues ninguno de los míos conoce todos los efectos, y todas las reglas, de este intercambio que simplemente ocurre en cada situación como ésta.

Además, ahora estoy seguro de que me volvería a abandonar si se le diera esa chance. El destino dirá lo que le corresponde vivir. Lo único que pido es ser mejor que él cuando pierda todos los recuerdos de mi vida pasada. Tengo mucha fe en ésto.

Bueno, hablando de eso, cada vez es más fuerte la sensación de pérdida de memoria (desconozco si mi antiguo amo también perderá los recuerdos de su identidad anterior, o si los conservará por el resto de sus días), así que iré concluyendo mi narración. Quiero que entiendan bien lo que estoy tratando de comunicarles: este no fue un caso especial, ni nada parecido. Como ya dije antes, esto ocurre todo el tiempo en todo el mundo. El que no se den cuenta no lo hace menos real.

Pero sentí que debía aprovechar mientras aún conservo algunos de mis recuerdos. En cualquier momento creeré que esto es solo un cuento escrito a raíz de un simple impulso creativo que tuve. Pueden creer o no en mis palabras, la decisión es toda suya. Como ya les dije en el rótulo del presente texto, en las primeras palabras con las que sus ojos se encontraron al iniciar este “cuento”, no se lamenten después.

por: Eduardo Barragán Ardissino.

Eduardo Barragán Ardissino, nacido en Mar del Plata, Argentina, el 3 de marzo del 1988. Actualmente cursa un profesorado en lengua y literatura. Tiene cuatro textos disponibles para descargar en la app Pathbooks: Una detective desconocida, La puerta, El juego del puente y Los cíclopes araña invasores.

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Las piedras flotantes

Chaman Maya de Maximiliano Jimenes. Tomada de Flickr
Chaman Maya de Maximiliano Jimenes. Tomada de Flickr


Los mismos protagonistas de las anteriores guerras mundiales se estaban debatiendo el número de muertos por día, que rondaban ya el millar.

Los demás países se preguntaban ¿cómo era posible que no colapsaran los sistemas de salud del tercer mundo? Cuando en España, Italia y Estados Unidos estaban perdiendo el control, mientras en Latinoamérica no llegaban los muertos a cientos. Lo que no habían analizado era que Latinoamérica llevaba décadas viviendo en crisis. Toda América Latina es un territorio que donde quiera que se pise, hay misticismo desde la punta de la Patagonia hasta la frontera norte mexicana. La crisis se ha mantenido por ese mismo choque cultural, porque las viejas tradiciones prehispánicas no mueren y las modernas tendencias de gobierno que vienen de Europa tampoco terminan de nacer.

Para ese entonces me habían encomendado acompañar a un español en búsqueda de uno de sus colegas perdido en el Caribe. Estas eran mis tierras. La tierra donde la piedra del venado es un amuleto valioso, donde las leyendas de piedras flotantes se escuchan todavía en algunas comunidades, la tierra donde la selva se hizo camino sobre el suelo, que es también de piedra y la tierra donde las piedras fueron dioses. La tierra de mis abuelos.

–Hernán Zugarramurdi, arqueólogo y periodista de La Voz de Galicia –se presentó a gritos como suelen presentarse los españoles, y con un fuerte aliento a alcohol, a pesar del cubrebocas–. Me ha enviado la Unión Europea a por Stanley Nobel, quien pasaba sus vacaciones por estos lares, pero que ahora se ha perdido y que tenemos información que no le dejan salir de una de las provincias al sur de Bacalar.

–¡Vamos a por él! –le dije en tono de sarcasmo que no entendió.

Antes de que llegara Zugarramurdi ya me habían dado todos los por menores en la embajada de ese tal Stanley Nobel quien encabezaría las investigaciones del virus que azotaba ya al mundo entero y más o menos donde quedaba su cabaña. Ya había trazado una ruta de acceso para llegar a él, en algunos lugares pasaríamos con el salvoconducto del Estado, no obstante, en decenas de pueblos no pondríamos ni un pie, ya que la gente había cerrado sus carreteras con ladrillos a punta de machetes, motivados por el temor, que se había difundido todavía más rápido que el mismo virus.

Manejamos durante horas casi en línea recta por el litoral hasta llegar a la residencia del Padre Patillas.

–Padre José María –dijo Zugarramurdi quien se había bajado del auto antes de que éste se detuviera por completo. Le besó la mano devotamente.

–Ya no soy padre, Zugarramurdi –y le dio un golpecillo en la cabeza. No le gustaba que le dijeran padre, pero todo el mundo así lo conocía.

Nos invitó a pasar a su sala. Estábamos ahí el Padre, sus dos escoltas, Zugarramurdi y un servidor.

José María Hernández Tunguska, alías el Padre Patillas, llamado así por sus distintivas patillas que le bajaban hasta la quijada, era más bestia que humano; era el brazo armado y peludo que se deshacía de las personas no gratas a nivel político, y al mismo tiempo el que persignaba a las comunidades mayas que no quisieron ser convertidas totalmente al cristianismo. Porque después de ser masacrados los pobladores de cientos de pueblos en la guerra de castas y perderse en la selva, a principios del siglo XX, fueron los que en 1950 regresaron para repoblar sus hogares de antaño, no con el yugo de la Iglesia directamente, si no a la sombra de la dictadura perfecta. Ahí embonaba a la perfección el Padre Patillas para administrar las ciudades que ya se iban formando décadas después y quien gobernaba toda la región maya tanto política como religiosamente. Cierto era que la Iglesia no le toleraba sus métodos, por lo que ya lo habían excomulgado una veintena de años atrás y en su lugar pusieron a otro padre que más ha servido de títere oficial que de rector. Con el tiempo el Padre Patillas les servía tanto al gobierno como al clero. Por un lado mantenía a las inquietantes, prósperas y separadas comunidades mayas en paz, y por otro lado no dejaba de enviar el diezmo a la Iglesia. Fue un personaje tan malvado como inteligente quien desde joven supo apañárselas para vivir en esa zona con un poco de menos lujos de los que ya cuenta ahora.

Estando en la sala les mostré una ruta que había trazado en el mapa mientras nos servían a cada uno un caballito de tequila. Zugarramurdi se empinó dos en tanto que yo apenas había tocado el mío, y que evidentemente él se bebió después. El Padre asintió a la ruta, salvo algunos ajustes y sentenció: ¡Partimos ya mismo!

Mapa de la península de Yucatán.

Más aventurero que sacerdote, nos vistió a todos con ropas cómodas, cubrebocas, guantes y botas. Nos subimos a una de sus grandes camionetas: su chofer, una de sus escoltas, el Padre y yo; mientras que la otra escolta iba con Zugarramurdi en otra camioneta. Comenzamos el viaje.

Nunca he sido bueno hablando con los religiosos. Odiaba al Padre Patillas en particular, pero había que ser muy diplomático en estos trabajos. Tratamos de conversar, aunque él no es una persona que sea difícil sacarle las palabras.

–¡Vaya que si siguen hablando de las piedras flotantes acá! –dijo mientras me ofrecía un trago– Si no que las siguen haciendo levitar, ya no para arriba como las pirámides, si no para abajo como los laberintos. ¡Esos chamanes mayas sí que saben trabajar la tierra! Por eso dicen que la cruz no se pudo clavar aquí, porque lo único que puede traspasar este suelo de piedra es la sangre. Es mejor tener tranquilas a las divinidades entre fiestas patronales y rituales mágicos. Por eso la tierra de la primavera eterna es también la tierra de la fiesta perpetua. Mira este amuleto –me dijo mostrándome en su mano una figurilla de piedra, era la diosa Ix Chel–, ésta es la llave que nos llevará hasta nuestro destino; me la dio un chamán de por estos rumbos. Estos hombrecillos aman estas figuras. Dicen que en las noches de luna creciente tienes la oportunidad de pedir tres deseos, pero uno de tus deseos debe sacrificarse en pedir que la estatuilla flote, de ahí puedes pedir dos deseos más. Si ambicionas a pedir los tres deseos caerá sobre el titular la maldición de la mala fortuna. Nunca lo he hecho, y nunca lo hagas, hijo, porque esas cosas, son cosas del Diablo.

Me quedé en silencio un momento, deseando sólo poder regresar con mi familia lo más pronto posible. Era cuarentena y había que estar en casa. Guardó el amuleto y decidí cambiar el tema de conversación. 

“¡Alto!”, nos gritaron de repente los comunitarios que habían salido de las orillas de la carretera. Nos detuvieron frente a una muralla de ladrillo improvisada que cruzaba la carretera. No podíamos pasar por ahí justo como lo había advertido. Las policías comunitarias habían bloqueado todos los accesos de ese punto hasta la frontera con Belice. Había que seguir a caballo cerca de 60 kilómetros sobre brecha dentro de la selva para llegar a nuestro destino. Al mostrar la figurilla de Ix Chel nos abrieron paso, disponiéndonos tres caballos: uno para el Padre, otro para Zugarramurdi y uno para mí. Tanto al chofer como a las escoltas no les permitieron el paso.

Figura de barro de la diosa Maya Ix Chel

Zugarramurdi iba de poco a poco quedándose atrás. Entre que medio cabalgaba por la borrachera y se bajaba para ir a orinar, sin darnos cuenta lo fuimos dejando. En tanto, el padre comenzaba a contarme la historia de cuando lo excomulgaron, como quien narrara la historia de cuando se ganó un premio. El Padre Patillas agarró aire y comenzó su discurso que seguramente ya le habría contado a centenares de personas antes que a mí.

–Para cuando Juan Pablo II fue papa –dijo el padre–, las cosas en la iglesia iban bien. Hasta que los medios de comunicación cobraron mayor fuerza a la par que los estados se hacían cada vez más laicos. Fue en las postrimerías de su gestión donde el arzobispado ya no veía bien mis actividades de este lado. Como si en todos los lugares se mandara con corona. Aquí hubo que sudar sangre para meter a esta gente en cintura que ni a golpe de cruz entendía.

“Muere Juan Pablo II y es ahí cuando entra Ratzinger intentando retomar el viejo rumbo de una ya muy oxidada institución, un mal movimiento que sólo dividió al clero internamente, pero que los mantuvo tan ocupados lo suficiente como para hacerse de la vista gorda conmigo. En tanto del otro lado, mientras Dios estuvo con el Partido Revolucionario, yo fui un buen amigo de esos políticos, ahora que Dios está del lado de la izquierda, mis amigos son los que alguna vez me odiaron. Los hijos de Dios no tenemos enemigos.

“Y Bergoglio ¡ése Bergoglio! No representa más que la debilidad de la fe cristiana. Sin embargo, la religión ya no es la moneda de cambio más importante. La monarquía y la iglesia ya habían financiado muchas guerras a la largo de la historia, es momento de que el capitalismo innove un nuevo tipo de guerra. Es ahí donde viene esta enfermedad. Era evidente que los millenials no levantarían las manos para sujetar un arma sin antes lloriquear en las manifestaciones, así que ha sido más efectivo meterles miedo que balazos.

Volteé para con Zugarramurdi, y el hijoeputa del español se había perdido.

–Debemos regresar –le dije al padre súbitamente.

–Imposible –contestó–. Lo más que podemos hacer es acampar aquí y buscarlo en la mañana.

A regañadientes acepté. Nos dispusimos entorno a la fogata a esperar su llegada hasta ya muy entrada la noche. La selva caribeña es bonita de día, pero de noche guarda misterios tenebrosos que pocos deciden afrontar.

Desde que había empezado la cuarentena dormía cada vez menos, y cuando la embajada habló conmigo fueron tres días de insomnio preparando todo lo necesario para el viaje; a pesar del cansancio no conseguía conciliar el sueño.

–Bebe un poco de mi infusión para que puedas dormir –el padre me estiró con su mano la taza que se estaba bebiendo.

Le di dos tragos profundos a su taza hasta bebérmela toda. De inmediato sentí cómo algo caliente corría entre mis venas.

–¡Vaya que el orden de los productos sí altera el resultado! Lo voy a saber yo. Si es José María es hombre, pero si es María José es nombre de mujer. ¡Qué menudo caos le destinan a las personas con esos obsesivos nombres!

–Usted mató a mi abuelo –le interrumpí.

–Mucha gente me culpa de muchas cosas, hijo, pero negocios son negocios. ¿Quién era tu abuelo?

Apreté los dientes. No concebía que no recordara quién era mi abuelo. Mi madre me lo contó. Mi abuelo era ejidatario de unos enormes terrenos que contaban con cenotes, caletas y ríos subterráneos, antes de que todo esto fuera un paraíso turístico era el verdadero Edén. Azul turquesa, aguas cristalinas, verde por doquier, y el espíritu del viento cantando de rama en rama. Cuando los españoles volvieron a reconquistarnos tras el capitalismo, el Padre Patillas fue el encargado de hacer la negociación, sin embargo, los ejidatarios se negaron a vender sus tierras y a punta de pistola los obligaron a firmar los contratos. Mi abuelo fue uno de los que se negaron a vender, por ello lo mandaron matar.

–¡May Pat, bastardo, Yanuario May Pat! –le grité mientras apretaba su gordo y peludo pescuezo. Sentía como sus rojizos ojos querían saltarle de la cara, hasta que ya no se movía su cuerpo. Pero antes de saber si lo había matado o no, caí desmayado.

En la mañana que desperté ya no estaban ni los caballos ni el cuerpo del Padre. Solo quedaba la taza rota en el piso y su amuleto de piedra. ¿Lo maté? ¿Qué demonios fue esa bebida que me dio? Había quedado varado justo a la mitad del camino. Recorrer treinta kilómetros a pie en la espesa selva resultaría algo además de agotador algo confuso. Sin ayuda difícilmente conseguiría salir de ahí.

Chaman en la jungla de Dtraveller Cancún.
Chaman en la jungla de Dtraveller Cancún. Tomada de Flickr.

Durante el día habría caminado cerca de diez kilómetros mientras trataba de recolectar lo necesario para pasar la noche. Me apresuré a buscar un sitio donde pasar la noche y encender la fogata. A la luz del fuego, quedé absorto mirando la figurilla entre mis dedos. “Tres deseos” pensé. Lancé la pieza hacia la luna y deseé que flotara mientras pedía mis dos deseos. De saberlo pude haber pedido ser millonario, fuerte o famoso, lo que la mayoría desean, pero no; al no creer en el poder del amuleto pedí lo más inmediato: encontrar a Zugarramurdi, al Padre Patillas y regresar sano y salvo con mi familia.

Cayó la noche, y como dije, este paraíso es una belleza de día, pero en la noche cobra la factura tanta armonía. Intenté hacer un cerco entorno a la fogata para evitar que los animales salvajes se acercaran demasiado, pero los ruidos entre los arbustos y sobre las copas de los árboles no dejaban de escucharse. Dormir no era una opción. Traté de acurrucarme en una suerte de hamaca que había formado con ramas y hojas, pero había empezado a llover. El enclenque techo que improvisé cayó de inmediato. Escuché una serie de cautos pasos despegándose del lodo. De repente, silencio absoluto. Ya no sabía qué era mejor, si el estremecedor ruido o el silencio en su estado más puro. Vi a lo lejos un extraño cuerpo que se acercaba. Parecía vestir un pequeño vestido blanco. Se detuvo por unos momentos. Me tranquilizó saber que era una persona y no una bestia; después hubiera preferido que mejor fuera una bestia la que se presentara y no una niña, ¡no esa niña! Era pequeña y descalza con su vestido. ¿Qué de terrorífico puede tener el color blanco? Pues mucho. Desapareció corriendo, adentrándose a la selva. Por instinto, curiosidad o por locura intenté seguirla. ¿Ix Chel? Traté de sacarme esa idea de la misma forma que evadía las ramas con mis manos. No supe cuánto había recorrido, pero para mi asombro estaba parado frente a un cenote. No di un paso más. Tres enormes piedras flotaban sobre el agua. Había encontrado a Zugarramurdi y al Padre Patillas dispuestos en sacrificio sobre la cima de las piedras. Me tallé los ojos, no supe si estaba alucinando. En la tercera piedra se encontraba una mujer aindiada con el estómago abultado. La niña de blanco no dejaba de mirarme de entre las hojas de la selva. Nunca había sentido tanto miedo como en esa noche.

Un hombre vestido con lo que pareciera una sucia bata blanca comenzó a aparecer en la escena. No pude encontrarle algún parche con la bandera de Estados Unidos o de Rusia o de China. Era Stanley Nobel. ¡Sí! Lo recordaba de los archivos que la embajada me había enviado de él. No había podido reconocerlo de inmediato porque llevaba algún tipo de cubrebocas, pero sí que era él. Intenté hacerle señas para que volteara a verme, pero su interés estaba fijado en las tres piedras sobre el agua, que súbitamente se hundieron junto con los cuerpos de las tres personas. 

Para mi asombro los dos primeros deseos se habían cumplido: ya había encontrado a Zugarramurdi y al Padre, aunque después de esa noche no se volvió a saber de ellos. Supongo que toda magia tiene su maldición. Faltaba el tercer deseo: regresar sano y salvo a mi casa con mi familia.

Yo corrí hasta el amanecer, y en el amanecer no corrí, sentí que mis pies volaban. El miedo me había puesto alas y no me detuve hasta volver a ver alguna comunidad. Una noche más en esa selva loco, sudado y exhausto y seguramente no viviría para contar la historia.

Pedí que me regresaran a casa sin escalas, no sin antes contestar un largo interrogatorio por horas. Entre no creerme y no quererme dejar ir, decidí escaparme, y para mi desgracia solo pude hacerlo durante la noche, en esa maldita noche selvática come hombres. Reconocí la camioneta del Padre en el refugio y la tomé para huir. Durante toda la noche en la carretera no vi ni hombre ni fantasma alguno. Al llegar el pueblo estaba desolado. Apreté mi mano al pecho antes de entrar a mi casa. No supe si llegué a casa por voluntad del amuleto o por consecuencia del pánico, pero estaba en casa sano y salvo justo como lo deseé. Pero como dije antes, toda magia tiene su maldición. Mi esposa y mis hijos estaban tumbados en la cama de nuestra habitación. La enfermedad también les había arrebatado la vida. 


por: Víctor Elizondo

Víctor Elizondo. Jalisco, México.
Escritor, abogado egresado de la Universidad de Guadalajara, ilustrador, diseñador gráfico y restaurador artístico. Publicado en revistas nacionales como internacionales. Cofundador de la revista de arte y cultura “El Perro”, en Guadalajara y director regional de la misma en la Riviera Maya.

Diario de una cuarentena

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Inició la restricción debido al COVID-19 en la ciudad, las personas limitaban sus salidas solo a cosas necesarias, como trabajar o surtir los víveres. Los alumnos habían dejado de asistir a clases presenciales y se vieron orillados a tomar clases en línea para evitar el contagio. Entre esos alumnos se encontraba Elías, cursando el segundo semestre de Universidad.

La primera semana Elías la tomó con tranquilidad, simplemente hacer trabajos y dormir, lo que cualquiera haría. Después decidió aprovechar el tiempo encerrado para escribir un poco más, dibujar o ver alguna serie, matar las horas, pero las cosas para hacer se terminaron pronto y se vió inmerso en su soledad, lo que lo llevó hacia sus pensamientos más recónditos, empezó a surgir la duda de cuándo terminará todo esto, si había alguna manera de hacer que pasara rápido. Siempre había temido a estar solo con sus pensamientos, debido a encontrarse al borde de la locura, imaginando escenarios o factores que siempre terminan por deprimirlo. Un pensamiento existencial empieza a brotar dentro de él y es lo suficiente para no dejarlo tranquilo durante toda la noche.

Tras ver los informes presidenciales y las actualizaciones constantes del virus en su país, poco a poco empieza a ver más lejana la posibilidad de salir pronto de su casa, inmerso en una ciudad donde las personas ignoran las advertencias y hacen lo que quieren sin importarles que son días críticos, un país donde el presidente no muestra una estrategia para combatir esta pandemia y su única respuesta es que unos escapularios que sacó de su cartera nos ayudarán. Brota dentro de él la incertidumbre por saber si se podrá levantar de esta.

En un intento de distraer su mente habla por mensaje con sus amigos, pero todas las conversaciones llevan a lo mismo, trata de escribir, pero todo lo que sale es la misma duda.

Han pasado dos meses, la ciudad está en paro, nadie sale a la calle, trabajo desde casa, las calles se ven vacías, la gente no muestra señales de vida, su colonia parece un  pueblo fantasma , no ha tenido contacto con otras personas que no sean su familia, lo que lo hace cuestionarse si aún sabrá relacionarse con los demás.

Ahora solo vive al día, levantarse para comer y volver a dormir, presenta un cabello largo y desaliñado, una cara que denota desvelo y un dolor interno que le acompleja cada segundo de su encierro. Su único refugio son sus cigarros que ha racionado por lo que lleva encerrado y una botella de whisky que le falta poco para terminarse.

La familia de Elías optó por ir a casa de sus abuelos a pasar la cuarentena debido a que la abuela de él había fallecido hace meses y no querían que el abuelo pasara solo por esto. Pero él prefirió quedarse en casa para usar el internet y poder distraerse un poco, se quedó a merced de su mente, vagando por un sendero donde su única salida es escribir, un escape al cual le quedan pocos días.

Los días pasan y las paredes de su casa se sienten como una prisión, ¿pero realmente eso es?, preso de un encierro que él no se buscó, un encierro para prevenir el contagio.

Han pasado ya 4 meses, los cigarrillos y el alcohol se acabaron, el contacto virtual se ha ido debilitando debido a su falta de interés por conectar con los demás, se siente agobiado por todo lo que hay a su alrededor, siente como las personas dejaron de tener sentido para él y su único alivio es algo que no es fácil de conseguir, los amigos de Elías fueron dejando de procurarlo porque él mismo se alejó, se quedó solo.

Elías se aventura a conseguir un poco de alcohol y cigarrillos, cerca de su casa hay un mercado, las tiendas de alimentos permanecían abiertas por si se necesitaba, quizá correría la suerte de encontrar lo necesario ahí.

Se jugó y se ganó, volvió a su casa con lo necesario para hacer un poco ameno su encierro, al caminar por su calle notó la ausencia del aura humana, no había ni siquiera perros corriendo o ladrando, nunca se había sentido tan solo y tan vacío.

Siguió con su plan de alcoholizarse hasta perder el sentido, fumando y escribiendo cartas al niño que fue hace años, donde le expresaba lo que era ser adulto y hablaba de una ilusión, la que había perdido hace mucho. Mirando a su alrededor se dio cuenta que estaba al borde del abismo, tanto tiempo viviendo en la obscuridad que la obscuridad tomó parte de él. En su mente ya no había esperanza solo un pensamiento latente de acabar con todo y así ponerle fin a ese dolor.

Elías comenzó a llorar, al borde de la locura, por su mente solo vagaban recuerdos de sus seres queridos y de sus momentos con ellos, de la última vez en que había convivido con sus amigos, con su novia, con su madre, sin saberlo lo pasó como un día común.

Comenzó a mezclar pastillas con alcohol, lo que ocasionó que dentro algo explotara y sucumbiera ante el deseo suicida, buscando algo que le ayudara a cumplir su misión. Encontró la pistola de su padre, bajo el efecto de las drogas ingeridas empezó a llorar, tomó el arma apuntando a su cabeza.

En el momento de estar indeciso abrieron la puerta de su casa, solo alcanzó a ver la silueta de una mujer que gritó asustada, era su madre, horrorizada de ver a su hijo a punto de terminar con su vida.

En busca de hacerlo recapacitar su madre lo tomó del brazo para tratar de quitarle el arma, pero, su hijo estaba decidido a hacerlo, entre el forcejeo, Elías no pudo controlar el arma y se le escapo un tiro, el sonido de la detonación lo dejó pasmado.

El tiro que se había salido impactó el pecho de su madre, poco a poco se desplomaba hacia el suelo, mientras que Elías no podía creer lo que había hecho, su madre yacía en el piso, en un baño de sangre.

Su delirio le había arrebatado la vida a la única persona que siempre iba a estar a su lado, dejándolo solo en una vida ya sin sentido.


por: elias castillo

Elias Castillo, Baja California, México (2000). Cursa la licenciatura en lengua y literatura hispanoamericana.