El Ángel de la casa

El 21 de enero de 1931, en una helada jornada londinense, Virginia Woolf dio una conferencia en la Sociedad Nacional de Servicio para las Mujeres. La habían invitado a participar de un ciclo sobre las profesiones de la mujer para que comentara la suya propia: la literatura. Virginia sabía muy bien que escribir es un trabajo, un oficio que se aprende con la práctica, venciendo el horror de la hoja en blanco y los fantasmas que esconden las palabras.

El Ángel de la Casa

Por Virginia Woolf

Y mientras estaba escribiendo esta reseña, descubrí que, si quería dedicarme a la crítica de libros, tendría que librar una batalla con cierto fantasma. Y ese fantasma era una mujer, y, cuando conocí mejor a esta mujer, le di el nombre de la protagonista de una famosa poesía. “El Ángel de la Casa”. Ella era quien solía obstaculizar mi trabajo, metiéndose entre el papel y yo, cuando escribía reseñas de libros. Ella era quien me estorbaba, quien me hacía perder el tiempo, quien de tal manera me atormentaba que al fin la maté.

Ustedes, que pertenecen a una generación más joven y feliz, quizá no hayan oído hablar de esta mujer, quizá no sepan el significado de mis palabras cuando me refiero al Ángel de la Casa. La describiré con la mayor brevedad posible. Era intensamente comprensiva. Era intensamente encantadora. Carecía totalmente de egoísmo. Destacada en las difíciles artes de la vida familiar. Se sacrificaba a diario. Si había pollo para comer, se quedaba con el muslo; si había una corriente de aire, se sentaba en medio de ella; en resumen, estaba constituida de tal manera que jamás tenía una opinión o un deseo propio, sino que prefería siempre adherirse a la opinión y al deseo de los demás. Huelga decir que sobre todo era pura. Se estimaba que su pureza constituía su principal belleza. Su mayor gracia eran sus rubores. En aquellos tiempos, los últimos de la reina Victoria, cada casa tenía su Ángel. Y, cuando comencé a escribir, me tropecé con él, ya en las primeras palabras. Proyectó sobre la página la sombra de sus alas, oí el susurro de sus faldas en el cuarto. Es decir, en el mismo instante en que tomé la pluma en la mano para reseñar la novela escrita por un hombre famoso, el Ángel se deslizó situándose a mi espalda, y murmuró: “Querida, eres una muchacha, escribes acerca de un libro escrito por un hombre. Sé comprensiva, sé tierna, halaga, engaña, emplea todas las artes y astucias de nuestro sexo. Jamás permitas que alguien sospeche que tienes ideas propias. Y, sobre todo, sé pura”. Y el Ángel intentó guiar mi pluma.

Me volví hacia el Ángel y le eché las manos al cuello. Hice cuanto pude para matarlo. Mi excusa, en el caso de que me llevaran ante los tribunales de justicia, sería la legítima defensa. Si no lo hubiera matado, él me hubiera matado a mí. Hubiera arrancado el corazón de mis escritos. Sí, por cuanto, en el mismo momento en que puse la pluma sobre el papel, descubrí que ni siquiera la crítica de una novela se puede hacer, si tener opiniones propias, sin expresar lo que se cree de verdad, acerca de las relaciones humanas, de la moral y del sexo. Y, según el Ángel de la Casa, las mujeres no pueden tratar libre y abiertamente esas cuestiones. Deben servirse del encanto, de la conciliación, deben, dicho sea lisa y llanamente, decir mentiras si quieren tener éxito. En consecuencia, siempre que me daba cuenta de la sombra de sus alas o de la luz de su aureola sobre el papel, cogía el tintero y lo arrojaba contra el Ángel de la Casa.

Tardó en morir. Su naturaleza ficticia lo ayudó en gran manera. Es mucho más difícil matar a un fantasma que matar una realidad. Siempre regresaba furtivamente, cuando yo imaginaba que ya lo había liquidado. Pese a que me envanezco de que por fin lo maté, debo decir que la lucha fue ardua, duró mucho tiempo, tiempo que yo hubiera podido dedicar a aprender gramática griega, o a vagar por el mundo en busca de aventuras. Pero fue una verdadera experiencia, una experiencia que tuvieron que vivir todas las escritoras de aquellos tiempos. Entonces, dar muerte al Ángel de la Casa formaba parte del trabajo de las escritoras.



virginia woolf:

Adeline Virginia Woolf, de nacimiento Stephen (1882-1941), fue una escritora británica, considerada una de las más destacadas figuras del modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional.

Durante el período de entreguerras, Woolf fue una figura significativa en la sociedad literaria de Londres y miembro del grupo de Bloomsbury. Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931), y su largo ensayo Una habitación propia (1929), con su famosa sentencia «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción». Fue redescubierta durante la década de 1970, gracias a este ensayo, uno de los textos más citados del movimiento feminista, que expone las dificultades de las mujeres para consagrarse a la escritura.

La Pared Amarilla

Algunas de nuestras emociones y sentimientos son difíciles de catalogar. Imagino que dentro de nosotros hay un espacio delimitado por paredes, en donde se concentran las emociones que fluyen de una manera líquida y van tiñendo esas paredes; el amor en sus tonos carmín, la paz con su blancura y la tristeza con su oscuridad pero creo que el color del que más se tiñen esas paredes es el amarillo.

El color amarillo resulta un tanto contradictorio pues se asocia con la alegría, la felicidad, el optimismo y por otro lado con los celos, la envidia, el egoísmo y algunas enfermedades. El amarillo estimula la inteligencia y la creatividad pero en exceso genera inestabilidad, en ocasiones llegando a ser perturbador.

Lo fascinante del amarillo es que puede representar a cualquiera de estos polos de nuestras emociones, como lo dijo García Márquez en una entrevista: <<Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres“. Para García Márquez el amarillo era el color de la fortuna y la buena suerte, el de la bandera de su patria y el del guayacán, árbol de las profundidades de Colombia donde una vez un niño escuchó atento las historias de su abuela. El color del trópico que irradiaban obras como El amor en los tiempos del cólera o, especialmente, Cien años de soledad, la obra que mejor representa esa pasión de Gabriel García Márquez por el color amarillo>>.  Pero como hemos venido diciendo, parte de lo maravilloso y radiante del amarillo es su dualidad, esa posibilidad de representar lo hermoso, tanto como de evocar lo triste y hasta lo revolucionario.

Un ejemplo lo encontramos en El papel pintado amarillo de Charlotte Perkins Gilman donde describió su propia depresión post parto para convertir su drama en un drama universal y convertir el texto en una de las primeras maravillas del feminismo de finales del siglo XIX. El amarillo es capaz de representar algo con tanta fuerza como lo hace Perkin.

Creo que muchos de nosotros debemos tener las paredes de ese cuarto imaginario percudidas de un amarillo difícil de borrar.

Así es como queremos darles a conocer esta página de Instagram “La pared Amarilla”, que puede representar a cualquiera de nosotros cuando tenemos sensaciones intensas, ya sea que estén bien definidas o que nos causen esa incomodidad de no poder clasificarlas; esa incomodidad de no poder clasificar todo como se nos ha enseñado. Ahí encontrarán frases de distintos autores que nos van hacer tener pintadas las paredes de nuestro cuarto imaginario de un poderoso y expresivo color amarillo.

Les dejamos el enlace para que la disfruten y compartan: https://www.instagram.com/laparedamarillafrases/