Traducción: Estanquillo

Título: Estanquillo

Autor: Álvaro de Campos (Fernando Pessoa).

Traducción: Alejandro Espinosa

No soy nadie.
Nunca seré nadie.
No puedo querer ser nadie.
Aparte de eso tengo todos los sueños del mundo.


Ventanas de mi cuarto
De uno de los millones de cuartos que hay en el mundo y que nadie

sabe de quién es
(y si supiesen de quién es, ¿qué sabrían realmente?),
Dan al misterio de una calle atravesada constantemente

por la gente.
A una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, tangible, desconocida

y cierta,

Con el misterio de las cosas debajo de las piedras y

los seres,

Con la muerte poniendo de humedad las paredes y en los hombres

cabellos blancos
Con el destino conductor del todo por la carretera

de la nada.

Hoy estoy derrotado, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si ya me fuera a morir,
Y no tuviera más hermandad con las cosas
Sino una despedida, transformando se esta casa y este lado de la

calle

En la fila de los vagones de un subterráneo, y un largo pitido

desde dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un astillero de huesos

en la ida.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y creyó y olvido.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo

Al estanquillo del otro lado de la calle, como cosa real por

fuera,
Y a la sensación de que todo es un sueño como cosa real por

dentro.

Falible en todo.
Como no hice ningún propósito, quizá todo fuera nada.
De las lecciones que me dieron,
Escape por la ventana trasera de la casa.
Fui hasta el campo con grandes expectativas.
Pero allá encontré solamente hiervas y árboles,

Y cuando hallaba gente era igual a la otra.
Salgo al balcón, me siento en una silla. ¿En qué he de

pensar?
¿Qué se yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso que soy tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede

haber tantos!
¿Genio? En este momento

Cien mil cerebros suenan concibiéndose tan genios como yo,
Y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno,
Ni habrá sino mierda de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos con tantas

certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, soy más cierto o

menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas posadas y no posadas del mundo
No están en este momento genios-para-sí-mismos soñando con serlo?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,

Y quién sabe si realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni encontrarán oídos de la

gente?
El mundo es de quien nació para conquistarlo
Y no de quien suena que lo puede conquistar, aunque

tenga razón.
Tengo más sueños de los que Napoleón tuvo.
Tengo apretado al pecho hipotético más humanidades de las que tuvo

Cristo,
Tengo construidas filosofías en secreto que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y seguramente seré siempre, el de la posada,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre únicamente el que tuvo cualidades;
Seré siempre el que aguardo a que le abrieran la puerta ahí

donde no había puerta,

Y canto la canción del Ápeiron en un gallinero,
Y escuchó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en ninguna cosa.
Se derrama sobre mi ardiente cabeza la Naturaleza
El sol, la lluvia y el viento que revuelve mi cabello,
Y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Cardiacos esclavizados a las estrellas,
Conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la

cama;
Nos despertamos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía láctea e lo indefinido.

(¡Come chocolates, pequeña;
Come chocolates!
Mira que en el mundo no hay más metafísica que los

chocolates.
Mira que ninguna religión enseña más que la

confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Qué diera por comer chocolates con la misma verdad con la que

los comes!
Pero yo pienso y, al quitarle la envoltura de plata, que es de hoja

de estaño.
Lo tiro todo al suelo, lo mismo que he hecho con la vida.)

Pero del desencanto de lo que nunca seré quedará al menos
La caligrafía rápida de estos versos,
Portón roto que da a lo imposible.
Pero al menos me dedico a mí mismo un desprecio sin

lágrimas,
noble al menos por el gesto de desprecio con que aviento,

sin tomar nota, la ropa sucia que soy para el curso de las cosas,

y me quedo en casa sin camisa.


(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
siendo diosa helena, concebida como viva estatua,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa trovadoresca, gentilísima y colorida,
O marquesa dieciochesca, escotada y distante,
O célebre vedette del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno- no imagino bien qué-,
¡Todo eso, sea lo que fuera que seas, si puede inspirar que

inspire!

Mi corazón es una cubeta vacía.

Como los espiritas que invocan espíritus invoco

A mí mismo y no encuentro nada.

Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta nitidez.

Veo las tiendas, veo los corredores, veo los carros que pasan,

Veo los entes vivos que se cruzan,

Veo los perros que también existen,

Y todo esto me pesa como una condena al desarraigo,

Y todo esto es extranjero, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,

Y hoy no hay mendigo que yo no envidie por no ser yo.

Veo a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,

Y pienso: quizá nunca vivieses ni estudiases ni amases

ni creyeses

(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer

nada de eso);

Tal vez hayas existido difícilmente, como una lagartija a la que le

cortan el rabo

Y que es más que lagartija, un rabo agitándose.

Hice de mí lo que no supe,

Y lo que podía hacer de mí no lo hice.

El disfraz que vestía estaba equivocado.

Me conocieron como quien no era y no lo desmentí

y me perdí.

Cuando me quise quitar la máscara,

Estaba adherida a la cara.

Cuando la arranqué y me vi en el espejo

Ya había envejecido.

Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había

quitado.

Arrojé la máscara y dormí en el camerino

Como un perro soportado por la gerencia

Por ser inofensivo

Y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Música esencial de mis versos inservibles,

Quien pudiera encontrarte como cosa por mi hecha,

Y no estuviera siempre enfrente del Estanquillo de enfrente,

pisoteando la conciencia de estar existiendo.

como un tapete con el que un borracho tropieza

o una estera que robaron los gitanos y que no valía nada.

Pero el dueño del Estanquillo llegó a la puerta y ahí se quedó, en la puerta.

Lo veo con la incomodidad de la cabeza torcida

Y con la incomodidad del alma que está entendiendo mal.

Él morirá y yo moriré.

Él dejará la marquesina, yo dejaré versos.

En determinado momento morirá la marquesina, los versos

también.

Después de cierto tiempo morirá la calle donde estuvo

la marquesina,

Y la lengua en que fueron escritos los versos.

Morirá luego el planeta girante en que sucedió todo esto.

En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa

como gente

Seguirá haciendo cosas como versos y viviendo

por debajo de cosas como marquesinas,

Siempre una cosa frente a otra,

Siempre una cosa tan inútil como la otra,

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del

misterio de la superficie,

Siempre esto o siempre otra cosa o ninguna cosa ni

otra.

Pero un hombre entra en el Estanquillo (¿para comprar

tabaco?)

Y la realidad plausible cae de pronto encima de mí.

Me yergo enérgico, convencido, humano,

Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo

contrario.

Enciendo un cigarro pensando en escribirlos

Y saboreo en el tabaco la liberación de todos los pensamientos.

Sigo al humo como a una ruta propia,

Y gozo, en un momento sensitivo y apropiado,

La liberación de todas las especulaciones

Y el conocimiento de que la metafísica es consecuencia

de estar mal dispuesto.

Luego me echo para atrás en la silla

Y continúo fumando.

Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Si me casara con la hija de mi lavandera

Quizá sería feliz.)

Entonces, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

Y un hombre sale del Estanquillo (guardándose el cambio en la bolsa

del pantalón)

Ah, lo conozco, es Esteves sin metafísica.

(El dueño del Estanquillo se para en la puerta)

Impulsado por una casualidad divina Esteves se vuelve y me ve.

Me saluda con un adiós, y yo le grito ¡Adiós Esteves!, y el universo

se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y el dueño del

Estanquillo sonríe.

por: alejandro espinosa.

Alejandro Espinosa.  México (1978)
Estudió Letras hipánicas en la UNAM. Ha publicado los libros Pagafantas (2014) y El oficio de la holgazanería (2016).