La historia de Felicita

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Era el mes de octubre y por aquellos días no circundaba noticia alguna en el pueblo de cuanto ocurría en el mundo. Pocos eran los viajeros que llegaban por esos dulces caminos, hipnotizados para siempre, en una tierra aromada de pan en todos los amaneceres. Las escasas luces, hacían que el pueblo desapareciera por la noche entre el follaje de los árboles y los caminos hechos de tierra.

Vagaban algunas nubes. Fue por esos días cuando Felicita apareció una tarde, justo en el instante en que la lluvia azotaba la tierra, y con ella llegó ese aroma que se desprende de las grietas y de los otoñales árboles mojados. El viento iba y venía solitario agitando los maizales, y el monte era un remanso de colores violáceos.

Felicita sorprendió a todos con su llegada. En los suaves caminos de tierra lo primero que notaron los pobladores fueron sus pies desnudos. Se oyó decir al sabio del pueblo que andar descalzo sobre la tierra era la mejor forma de percibir el alma de los lugares.

Las trenzas de los cabellos de Felicita eran gruesas y de color azabache, y ondeaban más abajo de sus hombros. Era de tez morena y usaba una blusa de manta que contenía sus minúsculos senos. Tenía esos extraños ojos profundos y anaranjados, y eran como faros encendiéndose despacio. Sus labios, al hablar, mostraban una dentadura blanca igual que el tallo de los ciricotes.

Como es natural, las mujeres del pueblo, supersticiosas, la miraron con desagrado y con recelo. La verdad es que Felicita, aunque nadie supo de dónde vino y hasta algunos argumentaron que era la viva reencarnación de Ixchel, era una joven dotada de una hermosura superior. Solo los locos ignorarían ese lenguaje mundano que transige la belleza.

En el pueblo las mujeres estaban acostumbradas a quedarse en casa haciendo las labores domésticas. Los hombres las dejaban al cuidado de sus hijos y, ellos, hombres de campo, se dedicaban con esmero a la siembra y cosecha del maíz, el frijol y la calabaza. Gran parte del día permanecían en sus milpas entregados a los claroscuros del monte.

A Felicita no se le conocía labor ni familia alguna; pero todos los días se le veía en el mercado del pueblo adquiriendo frutas, pan y verduras. Aunque era bella y sonreía, muchos hombres sufrieron su desprecio. Una tarde, por ejemplo, Feliciano, un joven herrero, decidió ir hasta la puerta de su casa a llevarle flores de cundiamor, y le cantó con tanto agrado las mejores canciones, pero nada de ello suavizó el pecho de Felicita.

Pasado algún tiempo, como es costumbre, corrieron rumores y habladurías que se esparcieron como hojas en el aire.

—Sus manos tienen la textura de las flores del flamboyán —decían los hombres despechados que aseguraban haber tenido una aventura con ella.

Nadie sabe qué de cierto tienen esas historias y, aunque no se le conoció hombre alguno, nadie está preparado para los amores imprevistos. El amor es como un reloj de medidas y formas imprevisibles y, aunque el tema del amor es vasto, la mayoría de los amores son historias que ocurren por casos fortuitos de la casualidad, algo más o menos accidentado.

De modo que, como el agua que da vueltas y vueltas alrededor de las piedras buscando un orificio para meterse, así el amor encontró un hueco en el corazón de Felicita. Se enamoró perdidamente de un joven del campo y no hubo días más felices que esos para ella. Los que presenciaron el hecho cuentan que Felicita contrajo matrimonio con el joven en la pequeña capilla del pueblo.

La historia que marcó el encuentro entre Felicita y el joven, ocurrió durante la celebración de las festividades religiosas, en el camino de las cuatro cruces. Ahí Felicita lo vio venir por primera vez como un pájaro con el vuelo sostenido, percibiendo en él una atmósfera magnética y elocuente, con su camisa arremangada, revelando en sus ojos desordenadas manifestaciones de alegría. Así, como dos aguas que se juntan en un mismo río, también ellos se encontraron y se vieron. Al siguiente día ocurrió la magia.

Felicita gozaba de todas las cualidades que llegan con la juventud. La juventud es la edad más plena. Vivía embelesada. Pero así como la puesta memorable de los atardeceres es ilimitadamente efímera, así la dicha se le fue en una exhalación. Felicita enviudó a los pocos días y, de esa mujer hermosa y radiante, solo empezaron a quedar notables síntomas de amargura. Esa fue la primera vez en el pueblo que se le vio llorar con tanta sinceridad.

Para ella, como para muchos otros, el amor y la muerte se constituyeron, aunque sabemos que, desde la era del mito, los hombres han amado y muerto, pese a que la forma de amar y morir vaya cambiando.

Felicita solía ir todas las tardes al camino de las cuatro cruces a llorar desconsoladamente. Pronto la tomaron por loca. Cuentan que, a las pocas semanas de haber enviudado, la encontraron hablando sola por las calles y a su paso esparcía líneas de cal por los caminos. Contaron que, al hacer eso, miraba hacia el monte diciendo que marcaba los caminos por donde el difunto joven regresaría a buscarla.

Algunas noches, que por lo regular se tornaban demasiado oscuras, se le vio recorrer las calles del pueblo acompañada de una jauría de perros flacos y viejos. A veces, se le miraba desde muy temprano sentada en alguna banca de los parques, contemplando el amanecer que se abría con el aullido de los trenes que llegaban de las más prontas ciudades.

Hubo mañanas en que todos los caminos del pueblo amanecieron con grandes y largos tramos pintados de cal. Los campesinos cuentan que Felicita concurría las milpas y que en la tierra enterraba misteriosos objetos.

Los hechos que confirmaron su locura, según la partera del pueblo, fue que en una tarde gris en que llovía a aborrascadas, se le vio por los caminos de cal, desnuda, con los brazos extendidos, mirando en la profundidad del monte. Las mujeres del pueblo, asustadas, organizaron entonces una represión contra Felicita, porque argumentaban que despertaba los instintos más viles de sus hombres. Decidieron entregarla a la comisaría y, a partir de aquel momento, Felicita quedó bajo custodia.

Para humillarla, un día la expusieron a los pobladores frente a todos acusándola de impúdica y libidinosa. Pero aun en la desgracia, su rostro ofrecía sus facciones bastante bellas que sobresalía entre las mujeres.

El guardia de la comisaría contó que Felicita, decía que, por esos caminos de cal, su esposo la visitaba en los tiempos de lluvia para hacerle arrebatadamente el amor. Él sólo reía.

—Le tenía yo compasión —argumentaba.

Pero en un tiempo contó que, por esa época, desde los caminos que conducían a la comisaría, extrañamente aparecían huellas impregnadas en la tierra que venían desde fuera hasta la celda de Felicita.

Con el paso de los años la olvidaron y el pueblo parecía amanecer como antes. Era un horizonte que parpadeaba, que despertaba apenas con rumores. Los transeúntes iban y venían de sus milpas aromados del monte y de la tierra.

Pero pronto los atardeceres se tornaron inauditos…

Era una fría tarde de octubre. Los campos estaban llenos de cempasúchil. La gente regresaba a sus casas después de sus labores cotidianas. Llovía a aborrascadas como nunca antes se sintió llover en el pueblo. El viento era demasiado fuerte que las hojas de los árboles viajaban violentamente por el suelo y el aire. Olía a tierra húmeda. Los perros aullaban y ladraban como vaticinando algo que se aproximaba.

En esa temporada del año las cosas se tornaban más tristes y las casas parecían tener esos oblicuos tonos grisáceos. Las personas, inquietas por el temporal y el escándalo de los perros, salieron a las calles que eran un revoltijo de ramas caídas y regadas. El aire violentaba las calles, movía con vehemencia los arbustos, agasajaba cuanto encontraba a su paso.

Las flores como los muertos reviven en las épocas de lluvia. Al menos eso es lo que dicen. Cesó la tormenta, pero esa misma tarde una densa neblina empezó a cubrir al pueblo. Sobre la comisaría donde yacía encerrada Felicita se miraba a centenares de pájaros revoloteando. Olía a incienso.

De pronto pegó un fuerte rayo que sacudió a todos, pero nadie esperó tal metamorfosis. De la comisaría se vio salir una anciana encorvada y débil que se dirigió por donde antes Felicita, en su juventud, trazó caminos de cal. Entre unos arbustos que colindaban por los senderos que llevaban al monte, se vio un hombre joven que la esperaba. La neblina los cubrió por completo y la lluvia martilleó con más fuerza. Al amanecer, nada se supo de Felicita, pero en el pueblo se percibía un olor inmaculado, y el viento se aporreaba en lo alto de los árboles desvaneciéndose, desvaneciéndose como si se quejara de algo.

por: Roger Israel Ancona Ortega.

Roger Israel Ancona Ortega (Campeche, México. 1989) es narrador y poeta autodidacta. Estudió Literatura por la Universidad Autónoma de Campeche. Sus colaboraciones han sido publicadas en el suplemento dominical Pleamar, del diario Crónica de Campeche y en la revista literaria Bitácora de vuelos (Torreón, México). En 2015, recibió la beca INTERFAZ en la ciudad de Mérida.

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El Cardenal

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Sobre cómo me anestesio de ti.

No hay receta o pócima
para arrancar de mis membranas
tu nombre.
Es contra corriente vomitar
tus besos
y
de muy mal gusto
luchar contra el tiempo.
Fumo y bebo
es todo lo que soy.
Lo que espero
es que un buen día
ya no estés en mis recuerdos
y que yo
siga en todos tus pretextos
en tus membranas reproduciendo
a todas horas la palabra
te quiero.


por: JESÚS MANUEL CRESPO

Jesús Manuel Crespo Escalante. Yucatan, México (1984).
Estudió en la escuela de escritores de Mérida. Ha publicado en revistas electrónicas como Delatripa, Sinfín, Monolito, Tierra de letras y Pluma y tintero. También está incluido en el libro poetas de Yucatán 1970, 80´s y 90´s del escritor Adán Echeverria.

Naturaleza

Video-poema de Víctor Tomás Trejo de República Dominicana.

Este video-poema nos lo envió Víctor Tomás Trejo desde República Dominicana.


 

por: Víctor Tomás Trejo EspinalóS

Víctor Tomás Trejo Espinal. República Dominicana (1979).
Maestro de escuela pública y abogado . Posee el título de magister en lingüística Aplicada. Miembro del taller literario Salomé Ureña y narradores de Santiago. Ha publicado en la revista Tinmarin, Hoy y La información entre otros medios.

Vuela

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Volver a casa
es abrir los ojos en
sueños de niña.

Unir caminos
con asfaltado muerto,
árboles sin fin.

El jardín siempre
guarda en silencio los
pasos del ayer.

Lucha constante
al beberse la noche
en las estrellas.

Abrir el alma,
a esta misma hora,
seguir el vuelo.


por: Katherine QuiróS Bonilla

Katherine Quirós Bonilla. San José, Costa Rica (1996). Estudió enseñanza del inglés en la Universidad Nacional de Costa Rica y se desempeña como intérprete. Cuenta con publicaciones en las revistas mexicanas  Campos de Plumas, Larvaria y Materia Escrita y la revista argentina Tóxicxs. Ganó el segundo lugar del Certamen Literario Brunca 2018 en la rama de poesía y formó parte de la antología Hispanoamericana (1970-2000) de la revista Liberoamérica.

El ancla

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Tengo las influencias
puestas de un tipo que se
inventa así mismo
y se crea palabras
rompecabezas a la izquierda
y al revés que no significa
que sea precisamente lo mismo.


Que se cuenta
sus propias historias ficticias.
Que se imagina sus versos
que no riman y sus sonetos
que no son versos con dos
o tres copas de vino.


El tipo poeta, cantante, bohemio,
amigo de mi sombra,
también tiene algunas de mis influencias;
loco, borracho, inventor,
cuentistas, mal poeta, copista, aburrido,
amargo casi siempre.


Pero en algo nos parecemos
pues los dos tenemos todas
las influencias puestas en esperanzas
a no ser como él ni como yo
el día de mañana.


por: JESÚS MANUEL CRESPO

Jesús Manuel Crespo Escalante. Yucatan, México (1984).
Estudió en la escuela de escritores de Mérida. Ha publicado en revistas electrónicas como Delatripa, Sinfín, Monolito, Tierra de letras y Pluma y tintero. También está incluido en el libro poetas de Yucatán 1970, 80´s y 90´s del escritor Adán Echeverria.

Me robaron abril

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Me robaron abril,
algo de marzo también,
se lo llevaron así, de repente
como un viento fuerte
que sopla sin aviso.


Me robaron abril,
como hace años nos robaron un marzo
que debía ser pleno y feliz.
Lo diferente es
que aquel marzo terminó bien,
hoy podemos decir
que estamos todos.


Me robaron abril,
estamos todos
pero no juntos,
separados por una tela que nos cubre
los rostros y deja apenas
los ojos libres para poder
ver nuestras miradas.


Me robaron abril,
pero sé que mayo será diferente,
que volverán los pájaros a trinar en el ciruelo,
que podremos caminar libres
tomados de la mano.


Un mayo, un junio, y los meses que restan
quedarán abiertos veinticuatro horas
para recuperar este abril que me robaron.



por: Silvia Mabel Vázquez

Silvia Mabel Vázquez. Buenos Aires, Argentina (1963).
Estudió periodismo y participa en talleres de escritura. Ha sido publicada en antologías de Argentina y España. Recibió Premio Cuna de la Tradición,Círculo de periodistas de Gral, San Martín, 2018. Fue directora cultural UMECEP Buenos Aires, año 2019. Mujer destacada en la cultura 2019 por Foro latinoamericano de mujeres, Mar del Plata.

Pensamientos

Meditación por Javier Carrasco. Tomada de Flickr
Meditación por Javier Carrasco. Tomada de Flickr

Quiero caminar por la vida
como si recogiera trozos de colores esparcidos por los aires
como el pájaro que vuela libre cuando cambia de estación el año
como el que va buscando y nunca encuentra
como el navegante que zarpa para no volver.

Quiero caminar por la vida como si haberte encontrado
me hiciera ser Newton o Descartes.

Como aquella filosofía que estaba escrita pero que ahora puedo entender.

Quiero conocer a fondo los secretos de mi alma
y dibujar con la tuya los conceptos más felices
que hacen completo mi ser.

Quiero tenerte y ser libre a la vez.
Dibujar un presente
con aquello que fija el corazón,
y lo ancla a un destino inminente:
Ser feliz, serte fiel.

Descubrí que lo que más buscaba
podría estar tan cerca
y no era capaz de saberlo.

Que las personas que más amo,
son aquellas que no se ven,
pero ahí han estado.

Que lo más perdurable
no es el rostro cruel y pálido,
que parecía cariño
pero era amenaza y no miel.

Lo verdadero es aquello
que solo se encuentra una ocasión.


Que no hay religiones que te hagan santa,
porque la santidad,
es más esfuerzo que parecer.
Que el amor es libre como el viento
y cabalga conmigo.
Que las ciudades te marcan,
los años pasan, la vida sigue;
tú caminas por ellas,
pero a veces las piedras te hacen caer.

No importa las veces que caigas,
no se trata de repetirnos en la cabeza:
“quien se levanta es por que vence de nuevo y va a estar bien”.

Porque lo verdadero, lo que estás pasando, no se puede ocultar.

Por eso levanta el vuelo, cuando es tu momento y no el de él.
Quiero caminar por la vida contemplando lo pequeño,
la belleza que esconde lo que se hace efímero,
porque tus problemas, tus justificaciones y tu ignorancia,
se te escapan y te hacen tan grande,
que pareciera que las nubes te nutren,
y al mismo tiempo deseas tocar el piso, vivir real;
aunque dentro de las entrañas
lleves un sueño liquido que cuando despiertas
ya no te acuerdas, pero vibras con él.

Quiero caminar por la vida
como si recogiera trozos de colores esparcidos por los aires
como el pájaro que vuela libre cuando cambia de estación el año
como el que va buscando y nunca encuentra
como el navegante que zarpa para no volver.

Estos son mis pensamientos,
Al menos los de hoy, al parecer.


por: Yisel del castillo cruz

Yisel del Castillo Cruz . Villa Clara, Cuba (1994).
Realizó estudios en Sociología y Letras. En la actualidad es estudiante de segundo año de la licenciatura Español – Literatura, en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas.

En un vaso de agua

Foto por Felipe Suárez, tomada de flickr.

Los pasos se cruzan.

La lluvia arrastra 

los restos de las hojas secas

y desborda la basura en el recuerdo, 

allá donde están muertos.

Un carro tras otro:

asesinos de las horas.

El frío, la noche,

los destruyen,

se destruyen entre sí.

El ciclo se repite.

Flagelo de luces intermitentes,

quebrantadas en mis ojos.

Un abrazo distante, 

donde uno se aferra y llora.

Aunque fuera por última vez,

hoy solo quisiera mirarte.

El frío, la noche,

nos destruyen,

se destruyen entre sí.

Aunque fuera por última vez,

hoy solo quisiera mirarte.



por: Katherine QuiróS Bonilla

Katherine Quirós Bonilla. San José, Costa Rica (1996). Estudió enseñanza del inglés en la Universidad Nacional de Costa Rica y se desempeña como intérprete. Cuenta con publicaciones en las revistas mexicanas  Campos de Plumas, Larvaria y Materia Escrita y la revista argentina Tóxicxs. Ganó el segundo lugar del Certamen Literario Brunca 2018 en la rama de poesía y formó parte de la antología Hispanoamericana (1970-2000) de la revista Liberoamérica.

Un cambio de corazón

Corazones de Gaby Fil. Tomada de flickr.

Luego de una noche así, no hay quien se quiera levantar. Después de haber pasado una velada con la mujer que me roba el sueño desde hace un par de meses, desvelarme por fin a su lado y dejar que sus caricias se depositaran en mi piel como un pago por robarme sus besos. ¡Si así fuera la recompensa por ser un ladrón, podría evitar para siempre a Sherlock con tal de recibir tan dulce incentivo! Entre sus labios, el torbellino de sabores, su lengua y el mar de toqueteos, había una especie de turbación, un viento frío que le advierte al marinero que la tormenta apenas va a empezar. Incluso con eso, me aventuré al océano desconocido de su amor para encallar en su cuerpo, en esas playas de arena canela cuya calidez no apaciguaba mis dedos temblorosos y fríos, terminando por exigir más. Y ella, tan amable, más me entregó.

Ahora el sol me molesta al querer atravesar mis párpados para romper el hechizo conjurado hace unas horas. “Deja dormir, déjanos permanecer un poco más en nuestro sueño-burbuja” pienso, pero el simple hecho de pensar ya me indica que me hallo más despierto de lo que desearía. Tomo aire y me estiro lento, cual gato, como es habitual cuando la parte trasera de mis muslos choca con algo. Me giro sobre la cama y ahí está, engarruñada y en posición fetal, el objeto de mi aprecio con los ojos cerrados. Mis manos arden por moverse hacia su mejilla o cabellos para recordar la sensación que anoche llegó a saturar mi piel, ya que sé de antemano que, aunque lo hiciera por media hora, ella nunca abriría los ojos, pero el temor de parecer un obsesionado me hace abandonar la idea. Sus leves ronquidos me arrancan sonrisas de ternura y suspiros con perfumes de amor, imperceptibles para ella. Pierdo la noción del tiempo entre suspiros, largos parpadeos para reconfortar mis ojos por el corto periodo de sueño y cómicos ronquidos hasta que la veo despertar. En cuanto posa sus ojos sobre mí y esboza una sonrisa modorra siento que el sol apenas acaba de salir, que sus rayos reconfortan mi alma con resaca de amor pasional… pero no la llenan. Insaciable, se aventura como náufrago en isla desconocida, con el viento frío azotando al contraste del sol.

—Buenos días, Nate.

Me reconforta el hecho de que no me llame por mi nombre completo, ya bastante tuve con haber escuchado miles de “Nathanael” en la fiesta de anoche de la boca de completos desconocidos.

—Buenos días, Olivia.

Sin embargo, ni siquiera eso salió de sus labios anoche.

Abriendo sus brazos a la realidad del sábado, se estira para que mis retinas capten su movimiento a cámara lenta y dejando mi cerebro como hundido en agua salada. La veo sentarse en la orilla de su cama y arreglarse el cabello castaño con mechas rojizas, lo que le da un aire como de princesa de fuego despertando con la aurora que se alimenta del oxígeno en la habitación, pues me deja sin aliento al tiempo que las llamas de su melena alcanzan e incendian mi corazón. Y, sin embargo, todavía no cesa el aire frío.

—Tengo que hacer unas cosas antes de entrar a trabajar hoy.

Ya lo veía venir, mis esperanzas de pasar más tiempo con ella están como el gato de Schrödinger justo ahora: vivas y muertas al mismo tiempo.

Vuelvo a escuchar su voz.

—¿Me acompañas?

Hasta el fin del mundo, querida mía. De ida y vuelta por los rincones del universo, si lo deseas. Asaremos malvaviscos en las brasas de las más grandes estrellas y las galaxias perderán antes la belleza de tus ojos, las estelas de cometas y estrellas fugaces palidecerán ante tu brillante melena encendida y te adornarán cual velo y corona, mi reina del universo. Pero todo lo que pude decir fue un patético

—Claro, ¿por qué no?

Malditos mis nervios de enamorado primerizo. Comienzo apenas a levantarme y buscar mi ropa, doblada sin mucho cuidado sobre una silla, cuando te escucho hablar de nuevo. Estás casi lista, con un atuendo diferente y más casual que anoche, pero a mis ojos es solo otra faceta de tu belleza.

—Deja que me cambie de corazón.

Ah, lo amargo y avinagrado disuelve el paisaje de azúcar cual tsunami, y no puedo hacer más que asentir y sonreír sin alegría en el rostro. Esta es la parte más difícil de estar contigo.

Veo como sacas de tu pecho un corazón verde, suave y mullido, como si fuese un pequeño peluche en tu mano. Desde mi asiento en la cama, tu amor por mí se ve tan pequeño como un periquito, e igual de frágil. Acto seguido lo guardas, por lo menos con cuidado, en el cajón de tu tocador de caoba que acabas de abrir. Es allí donde guardas con recelo tus corazones, de todos tamaños, colores y materiales, y me quedo mirándolos como en trance. Grandes y medianos —porque nunca amas poco— puestos en ordenadas filas sobre un expositor de terciopelo rojo, tu color preferido. Desgastados y negros al fondo en una pila, porque nunca olvidas un antiguo cariño, aunque lo niegues. Azules, rosas, naranjas, lilas y hasta transparentes, a ninguno amas igual. De madera, metal, resina… Solo puedes con uno a la vez. A pesar de que dices que amas a todos, no solo yo sé que tal cosa es mentira.

Hoy usas uno de vidrio tan fuerte como una canica y el doble o triple de grande que el mío, de un amarillo brillante y translúcido. Ahora tu cariño por mí parece tonto e insignificante. Esta noche no significó nada.

Cierras tus ojos y tu pecho con ellos. La siguiente sonrisa hacia mí está desprovista de sol.

—Solo me maquillo y ya. Luego de eso, salimos. Hay un par de lugares que quiero mostrarte antes de ir con mi familia.

Mi princesa en llamas se ha convertido en la heredera al trono de hielo, las brasas que adornaban su cabello pasaron a ser ventiscas tranquilas pero de temperaturas bajo cero que hielan el cuarto. Mi cuerpo era una jaula con un pajarillo dentro que trataba de escapar del frío que reemplazó la calidez de su amor veraniego. No atraqué en una isla tropical, sino en un mar de Neptuno, donde no alcanza la luz.

Pero, a pesar de eso, la quiero. Quizá por una minúscula esperanza de ser correspondido es que asiento con una sonrisa tejida con la ironía de los sucesos y el dolor de que, quizá, mi corazón de pajarillo no resista su invierno. Pero por su calor que sé que existe, nos arriesgaremos a morir en su mano.


por: Elizabeth Martínez Compeán

Elizabeth Martínez Compeán, nacida en Tampico, Tamaulipas el 1° de octubre del 1993 y egresada de la Licenciatura en Idiomas en 2014. Asiste al taller Alquimia de Palabras desde mayo de 2019 y pronto se publicará la tercera antología en la que participa. Cuenta con dos publicaciones en la Revista Elipsis.